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Redacción
Martes, 11 de septiembre de 2018 | Leída 109 veces
FORMACIÓN

Opositar a futbolista

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Un hijo de un amigo juega al fútbol. En la posición de central. Me cuenta su padre que es un defensa impetuoso, aunque demasiado alegre. Le gusta superar la presión de los delanteros contrarios atravesando el mediocampo con el balón en los pies. Si, por culpa de esta alegría táctica, pierde el balón y los rivales, en rápido contragolpe, marcan un gol, el entrenador lo castiga con varios partidos sin jugar. Al ser alto y rubiales recuerda al azulgrana Piqué. Se peina incluso como Piqué, pero no aspira a ser como él. Es el único de sus compañeros que no quiere ser futbolista profesional. Duda entre ser médico o labrador. Es el único de su equipo que juega al fútbol porque le gusta. Los otros opositan a futbolistas. Con sangre, sudor y lágrimas, aprenden a ser Messi.

 

De cara a la nueva temporada, han echado a cinco niños del equipo del rubiales. No servían. Han fichado a los mejores renacuajos de un pueblo vecino. Las escuelas de fútbol son una caricatura de los equipos grandes. Si el profesor de mates o de inglés fuera tan exigente y chillón como el entrenador, los padres se apresurarían a denunciarlo. En realidad, estos padres son más intransigentes que el entrenador. En los días de partido, insultan a los niños al primer resbalón.

 

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No quiero idealizar el pasado, pero, para los niños de antes, el fútbol era tan sólo un juego. Bastaban los zapatos de calle. Ahora disponen de pelotas en abundancia, uniformes, botas, vestuarios, césped artificial, entrenadores con carné. Conocen al dedillo la táctica del fuera de juego, ensayan el uno más uno, saben jugar con uno o dos pivotes. Son artistas del balón, pero nunca ríen durante el juego. Sudan, luchan, sufren. Si pierden, entran en el vestuario con la cabeza baja.

 

La única táctica que yo aprendí era: “¡Chuta tan fuerte como puedas!”. El fútbol de hoy es una técnica más. Ciertamente, antes, los niños estaban sometidos al despotismo. En la escuela como en casa, aprendíamos a gritos y a base de collejas. Pero nadie nos discutía el patio o las vacaciones de verano. Los niños tenían un tiempo y un espacio propios, donde no entraban ni pedagogos ni padres ni expertos. Las leyes del mundo infantil se aprendían por iniciación y sólo variaban después de peleas bastante sanas. Tales peleas provocarían hoy denuncias a los servicios sociales y portadas periodísticas.

 

Desde que los adultos planifican el ocio de los pequeños, la infancia ha desaparecido. Desde que la tele, la play, la game y el smartphone han dejado a los niños sin horas muertas, la imaginación infantil se ha esfumado. Desde que un entrenador decide quién juega y desde que los monitores encuadran las vacaciones, la infancia ha sido domesticada. Los niños viven ahora como los pollos, en granjas de aprendizaje. Supuestamente aprenden muchas cosas: inglés, ballet, fútbol, oboe. Pero les negamos la aventura, el riesgo y el tiempo muerto. Precisamente porque causa aburrimiento, el tiempo muerto es el motor de la imaginación.

 

 

 

Fuente: Antoni Puigverd (lavanguardia.com)

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