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Redacción
Martes, 11 de septiembre de 2018 | Leída 457 veces
PSICOLOGÍA

¿Por qué la figura del padre también es muy importante en la vida de los hijos?

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Aparentemente en la mayoría del mundo el día del Padre se celebra el tercer domingo de junio. En España se decidió que era preferible cambiarlo al 19 de marzo. ¿De dónde surge la idea original y por qué es relevante hablar de ello? Pues nace de una mujer, Sonora Smart hija de William Smart cuya pareja falleció en el parto de su sexto hijo en Washington a principios del siglo XX. La tragedia le transforma como hombre haciéndose cargo de seis con la ayuda de su única hija. Cuentan las crónicas que lo hizo bien.

 

Fue Sonora, años después, la que se preguntó por qué no existía un día del padre, sobre todo habiendo vivido la experiencia del suyo propio entregado a su familia y a una crianza tan difícil y solitaria. La abnegación y sacrificio que asumió era impropio en los varones de aquella época. Yo diría que incluso en la de hoy. Siempre ha habido honrosas excepciones como la de William Smart y fue la razón por la que su hija se comprometió a cambiar la mirada hacia el padre. Venimos de paternidades muy distantes entre padres e hijos y Sonora decidió honrar al suyo que ejerció modélicamente y como tal consiguiendo que desde entonces junio sea el mes estipulado para su celebración.

 

Así Sonora fue la madre del día del padre. Desde entonces la historia de ésta familia marca los calendarios de millones de personas con un ritual que mueve voluntades, genera billones en gasto y obliga a una mirada benévola y amable hacia la figura del padre en ese preciso día. ¿Y ha de ser así? No estoy tan seguro. Al escuchar cómo se habla de la figura del padre es frecuente verlos retratados como seres carentes de emociones. No es que no las tengan, es que tienden a no mostrarlas. Los padres dicen cosas como que las emociones no dan de comer, ni te dan una vida, ni un futuro. Error. La felicidad reside en saber procesar las emociones, no en reprimirlas ni en controlarlas sino en aprender a lidiar con ellas de manera saludable. Eso no está reñido con obtener una vida digna.

 

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Abunda el patrón de hombres disociados emocionalmente que ni siquiera lo ven. Muchos creen que aman en salud y que se relacionan con naturalidad en lugar de con la máscara social sobre la que han aprendido a ocultarse. Llegan incluso a creerse felices cuando en realidad impera un consenso de anestesia social. Más o menos es como un acuerdo de vivir en permanente evasión del mundo emocional haciendo de lo físico y lo mental un cobijo seguro y menos amenazante.

 

Llega a ser desesperanzador ser testigo del exilio del hombre frente a sus emociones en detrimento de la salud psíquica de su propia familia justificándolo en el modelo de paternidad recibido y en la necesidad imperiosa de subsistir o desarrollarse material o socialmente.

 

“Mi padre no llora. Nunca le he visto llorar. Y yo soy como él”. Qué de veces he oído eso. ¿Se puede ser un adulto sano renunciando a la manifestación sana de las emociones? ¿No podría ser el día del padre el momento de revisar el modelo de paternidad y preguntarnos si lo estamos haciendo bien? En el día del padre rendimos tributo a la figura paterna. Le gratificamos con caricias y regalos. Quizás así se permita sacar su mejor versión y nos deleite con algún gesto amoroso. Les honramos únicamente por ser padres. Hayan sido como hayan sido. Ver lo importantes que son en nuestras vidas es un motivo loable de celebración pero por favor, que sea revisando su buena o mala praxis para que al menos sirva para corregirnos de cara al siguiente curso. Nuestros hijos lo merecen.

 

Escucho a menudo eso de “a mi hija no le va a faltar de nada”. Lo que traducido significa un mundo ausente de sujetos que necesita frente a un mundo rebosante de objetos y servicios que no suele necesitar. “A su hija le falta usted, el resto, en su mayoría es atrezo”.

 

La paternidad ha de ser informada, formada y no deformada por la socialización recibida. Hace falta entender lo que realmente significa educar y que como padres no esté al servicio de las necesidades del adulto sino a las de la personita que tenemos delante. Para ello es imprescindible revisar nuestro modelo de paternidad, masculinidad y de humanidad.

 

Los hombres fuimos modelados desde la matriz, para sentir menos, llorar menos, temer menos y sufrir menos. La consecuencia de tan inhumana programación es la mutilación de las emociones. Además sucede en la infancia que es el estado de mayor indefensión.

 

La paternidad no es ni puede ser un cargo emérito. Cada vez más nos urge verlo de otra manera y revisar la traducción heredada de nuestros padres y tomada a su vez de los suyos. Es evidente que en el mundo de hoy el paradigma recibido no solo no es suficiente sino que es deficiente. Sonora Smart me queda lejos pero apostaría a que su intención iría más por el camino de visibilizar las buenas prácticas que premiar un cargo en sí mismo. El tiempo ha desvirtuado el sentido original de su iniciativa. Quizás vio la necesidad de mostrar que el rol del padre puede y debe ser distinto a lo que estamos acostumbrados.

 

No tiene que haber un día del padre por que sí. Fuese como fuese la celebración original hoy debiera apuntar hacia un modelo de padre cuidador, presente, responsable y consciente de su rol e influencia dentro del seno familiar.

 

Ayer el cargo del padre vivía relegado al cumplimiento de unas funciones que hasta entonces no merecían celebrarse. Su figura venía asociada al rol más cuidador hacia afuera por la búsqueda de alimento, abrigo o como protector de la amenaza externa.

 

La biología del hombre tratando de adaptarse a un mundo duro y hostil generó hábitos de protección y cuidado basados en la emoción del miedo, viviendo así anclados en la adrenalina que es la hormona que se nos activa cuando percibimos depredación. El coctel químico incorporado hace más factible que asome el macho alfismo. A nivel relacional lo hemos adoptado como medio de socialización masculina. Y así es difícil paternar. Más bien se busca gobernar, poseer, subyugar y dominar. Las emociones vía empatía no son muy compatibles con estas formas de vivir y relacionarse.

 

A los hombres nos falta oxitocina que es la hormona de la felicidad, del amor y el gozo, siendo protagonista en el parto, lactancia y fundamental tanto en la sensualidad como en la sexualidad.

 

La oxitocina es lo que se nos activa cuando en la calle sucede algo inesperado pero precioso y no podemos evitar emocionarnos e inmediatamente después miramos a algún desconocido como buscando si ha presenciado lo mismo que nosotros cruzándose las miradas y generando complicidad. Es entonces cuando nos inunda una sensación de felicidad momentánea, aunque sea por un instante pero se acaba cuando el rubor asoma como guillotina implacable y giramos el gesto.

 

Los hombres apenas sabemos de oxitocina. Nos lo perdemos. Qué lástima. Podríamos oxitocinar nuestras vidas pero venimos ya con un guión heredado que condiciona nuestra manera de vivir y relacionarnos ubicándonos más en la adrenalina. Como todo condicionamiento cuesta verlo, asumirlo y cambiarlo.

 

A William Smart no le quedó más remedio. La vida le puso en una situación que le obligó a ir más allá del guión replicado. Así es la vida. Y gracias, pues son las crisis vitales las que nos llevan a ir más allá de nuestras programaciones.

 

La paternidad se gana. No consiste en “ser” padre por méritos de esperma o por cohabitar ofreciendo techo, filete y transporte. Se trata de “vivir” como tal, acorde a las necesidades del cargo. Y es un cargo duro, muy duro, de enorme responsabilidad. No consiste en sólo llamarse padre. Se ha de ganar en el día a día, estando presente, sabiendo a lo que estás, sin que tu presencia genere tristeza, ira, miedo, culpa, vergüenza deviniendo en una autoestima herida. Todo lo contrario. Seamos promotores de alegría, calma, confianza para educar hacia una autoestima sana.

 

Debemos estar a la altura. La paternidad es preciosa y hay que valorarla, atesorarla, protegerla, cultivarla, practicarla y tomar conciencia de lo que realmente implica. Si los que nos hacen padres sienten que suspendemos en el cargo, la celebración del día del padre, en sí misma, puede implicar una retraumatización en lugar del homenaje que podría ser.

 

Eso nos llega en estos días tan señalados. A menudo es poco apetecible para el sistema familiar reunirse en festejos artificiales. Acaban siendo un convencionalismo más que un honrar a una figura que no aprendió de verdad su parte, bajo la coartada del trabajo y los tiempos duros.

 

Siempre hay tiempo para sanarse e ir más allá de yugos recibidos. Siempre hay tiempo para generar relaciones de solidaridad con nuestros seres queridos. Siempre hay tiempo para ser mejores. Igual el día del padre podría ser el de la escucha o el de la auditoría familiar, del tomar notas de todos los miembros de la familia y adquirir los compromisos de mejora con ella.

 

Sea como fuere, los padres hoy, cada vez más vislumbramos un nuevo modelo de [Img #14798]paternidad. Uno más justo, equitativo e igualitario. Tratamos de entender las relaciones de pareja como acuerdos de solidaridad. Intentamos romper con el modelo de subordinación.

 

No es tarea fácil. Como todo, tenemos que conseguirlo a nivel de pensamientos, a nivel de sentimientos y a nivel de acciones. Aprendemos corresponsabilidad, es decir, responsabilidad compartida. Por ello el hombre ha de acabar con la idea de ayudar en la casa y con los hijos pues ello implica que la tarea es de ella cuando es de ambos. Y lo mismo con los cuidados, la logística, los colegios, los médicos y la escucha emocional. Cosa de dos.

 

Los padres ahora nos informamos de lo relativo a la salud de nuestra familia, pues el cargo obliga a tomar conciencia de aquello que afecta a nuestros seres queridos. Así leemos o participamos de lo que sucede en la gestación de nuestros bebés, en el parto, en el post parto, en la lactancia y en cómo podemos contribuir, sin protagonismos ni histrionismos en la educación, la salud y bienestar de los nuestros.

 

Aprendemos sobre acompañamiento emocional y vemos los beneficios de prácticas promovidas por la OMS, la Asociación Española de Pediatría o el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal. Beneficios basados en evidencia científica como la lactancia materna a demanda y prolongada, el piel con piel, el colecho, el porteo y la crianza con apego, prácticas todas ellas generadoras de la oxitocina que echamos en falta y que tan desesperadamente necesitamos para ser padres completos.

 

Los hombres hoy estamos poco a poco rompiendo los bloqueos que nos entumecían. Observamos los legados tóxicos que nos llevaban a vivir esclavos de la adrenalina y que nos condenaba a una agresividad dañina de la cual cada vez más hombres renegamos.

 

El durmiente está despertando poco a poco pues venimos de una hibernación forzosa de la cual es difícil despertar. Pero lo conseguiremos. Llevará su tiempo. Ya hemos empezado, con torpeza pero estamos en camino. Eso es lo que podemos celebrar en los sucesivos días del padre. La auditoría nos viene bien. Y que sea constructiva y pedagógica para no bloquearnos. Eso siempre ayuda.

 

 

 

Fuente: Javier de Domingo (larazon.es)

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