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Redacción
Miércoles, 5 de septiembre de 2018 | Leída 122 veces
MOTIVACIÓN

Las siete emociones que te harán triunfar en tu carrera

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La Universidad, como el resto del sistema educativo, vive de espaldas a la formación emocional pese a que es clave en el éxito académico y profesional.

Las emociones han abandonado la esfera de lo personal para formar parte activa de las cualidades que las empresas buscan en todo titulado universitario. Marcan la diferencia entre dos candidatos con una misma formación, son el complemento directo de las competencias puramente técnicas, un factor decisivo en el éxito o el fracaso académico y profesional.

 

Y, sin embargo, el sistema educativo apenas ha reaccionado ante una enseñanza que, en la gran mayoría de escuelas y universidades, ni está ni se la espera.

 

En su informe El futuro de los empleos, el Foro Económico Mundial hacía un listado de las que considera que serán las diez competencias más demandadas por las empresas en el horizonte de 2020, y requieren precisamente importantes dosis de control socioemocional.

 

Se habla, en este sentido, de la capacidad de resolver problemas complejos, el pensamiento crítico, la creatividad, la gestión de las personas, la coordinación con los demás, la inteligencia emocional, el juicio y la toma de decisiones, la orientación al servicio, la negociación y la flexibilidad cognitiva. Así, entra en juego la habilidad de afrontar situaciones sociales difíciles, de ser capaces de superar los condicionantes que la sociedad ejerce sobre nuestro pensamiento o comportamiento, de dar rienda suelta a la creatividad que nace de estados emocionales favorables a la expresión, explica el director de los posgrados en Educación Emocional y en Inteligencia Emocional de la Universidad de Barcelona, Rafael Bisquerra.

 

La autoestima, la disciplina, el control de la frustración, la responsabilidad o la capacidad de adaptación son herramientas imprescindibles para el progreso académico y profesional. «Las empresas buscan personas con una serie de habilidades y el currículum académico cada vez cuenta menos», subraya Begoña Ibarrola, psicóloga y especialista en inteligencia emocional. «Vas a pasar momentos muy tensos, debes saber anticiparte, trabajar con equipos muy dispares», añade.

 

Hay una serie de habilidades emocionales que se consideran de todo punto básicas, indica Ibarrola, como el autoconocimiento personal, es decir, aprender a reconocernos y evitar culpar a los demás de lo que nos pasa. O la empatía para trabajar en grupos, la capacidad de saber cuándo hay que intervenir ante determinadas situaciones o cómo tratar con personas de otros países y culturas en un entorno cada vez más globalizado.

 

También la regulación emocional, para evitar el estrés y la ansiedad que causan innumerables bajas laborales; la competencia para trabajar en equipo y resolver conflictos o la automotivación: «La capacidad de entusiasmarse», precisa.


Las emociones que hay que aprender

 

  • Empatía
  • Equilibrio
  • Autoconocimiento
  • Trabajo en equipo
  • Resolución de conflictos
  • Entusiasmo
  • Autonomía


Incluso gigantes tecnológicos como Google o Amazon han puesto el foco en las emociones y «valoran la creatividad, que tiene muchos aspectos socioemocionales, la capacidad de adaptación, la autoestima, también tener mucha humildad para aprender», apunta la psicóloga, quien señala que «se pueden desarrollar las competencias técnicas en cualquier momento de la vida, pero las emocionales exigen un mínimo de entrada y aportan un plus profesional».

 

CONCIENCIA EMOCIONAL

 

Rafael Bisquerra coincide en la importancia de la «conciencia emocional» y, a partir de ella, de conseguir un equilibrio que nos ayude a relacionarnos mejor con nosotros mismos y «a crear contextos que facilitan la convivencia y el bienestar». También en lograr una mayor autonomía para que nuestras emociones no dependan de otros, «aprender a manejar contextos tóxicos, contribuir a crear climas emocionales favorables», apunta.

 

El «analfabetismo emocional» de nuestra sociedad contribuye a explicar la prevalencia de casos de ansiedad, estrés, adicciones, violencia, conflictos o comportamientos de riesgo. Y eso justifica, en su opinión, la necesidad de «desarrollar competencias emocionales básicas para la vida que no están contempladas en ninguna etapa de la formación reglada».

 

Porque lo cierto es que la educación emocional que reciben los estudiantes resulta más bien escasa e insuficiente, incluso entre los propios educadores, para los que se han puesto en marcha algunas iniciativas en las universidades de Barcelona, Málaga, Lleida, Camilo José Cela, Cantabria, Zaragoza, Valencia o la UNED. Sin embargo, «lo deseable sería que hubiera formación inicial reglada para todo el profesorado de Primaria y Secundaria», argumenta Bisquerra.

 

Para el resto de los estudiantes, universitarios o no, poca cosa más allá de ciertas iniciativas que, en muchos casos, parten de centros y docentes especialmente sensibilizados. Son justamente los educadores el eje central del plan de aprendizaje emocional que, en el año 2007, la Fundación Botín puso en marcha a través del programa Educación Responsable, en el que ahora participan más de 200 colegios de siete comunidades autónomas.

 

El director de esta iniciativa, Javier García Cañete, explica que su objetivo reside en la mejora de las habilidades emocionales, sociales y creativas a partir de la literatura, la música, las artes plásticas y un banco de actividades para trabajar esas competencias a través de todas las asignaturas. Por ejemplo, con una poesía, un anuncio o una dinámica de trabajo. «Se pueden generar emociones para resolver problemas. No es igual hacer una división técnica que plantear cómo repartir caramelos entre los alumnos de la clase», relata.

 

Estas prácticas ayudan a los escolares a socializar, comprender lo que les pasa a ellos y a los demás, afrontar mejor las dificultades o pedir ayuda. «La empatía o la autoestima son muy importantes en la adolescencia para evitar conductas adictivas o inadecuadas, pero es mejor actuar desde Infantil y Primaria, porque a veces en Secundaria puede ser ya tarde», advierte García Cañete, quien además sugiere que se ha producido una mejora de los resultados académicos entre los alumnos de los centros participantes.

Begoña Ibarrola coincide en que «las emociones potencian el aprendizaje», y se muestra partidaria de implantar módulos de entrenamiento y talleres prácticos en los colegios. Hasta ahora, sólo Canarias cuenta con una asignatura curricular de Educación Emocional y para la Creatividad, mientras que Castilla-La Mancha evalúa la competencia de forma transversal.

 

Con estos mimbres, ¿cómo puede un estudiante suplir las carencias que se producen en la escuela y en la Universidad? «Con la práctica», responde Ibarrola. En el carácter hay una parte genética y otra en la que influye la educación y las experiencias que cada uno ha tenido. Y ahí puede estar la clave.

 

Como señala la psicóloga, las empresas valoran la metodología del aprendizaje-servicio, que los jóvenes hayan trabajado con alguna ONG o que hayan participado en algún programa de intercambio con estudiantes de otros países, porque eso mejora la empatía y las habilidades sociales. «Incluso se valoran actividades deportivas que dan pistas de por dónde ha ido la persona, por ejemplo si ha sido monitor con niños en el verano».

 

Las nuevas tecnologías, ¿una ventaja o un peligro?

 

También coinciden los expertos en que tecnología y emociones guardan una estrecha relación con un uso adecuado. Así, García Cañete subraya que con la educación emocional el alumno puede manejar mejor lo que ocurre en la red, «no dejarse llevar, saber decir que no, tomar ciertas decisiones, porque ha adquirido unas habilidades adecuadas de autoafirmación, es asertivo y sabe oponerse de manera adecuada».

 

Por su parte, Ibarrola valora el desarrollo de programas o videojuegos que ayudan a mejorar la autoestima y la empatía, a detectar ciertas emociones en los gestos, a solucionar conflictos, a solucionar problemas y buscar salidas a situaciones comprometidas.

 

Pero otra cosa son los casos de «chicos tímidos que se refugian en las redes sociales porque piensan que allí tienen muchos amigos y esa no es la realidad», alerta la psicóloga. «Hay muchas personas enganchadas a la tecnología y la dependencia en el fondo es una manifestación de la necesidad de relacionarse con otros», considera por su parte Bisquerra, quien también advierte: «Hay una necesidad sentida y manifiesta que probablemente no está suficientemente satisfecha y eso deriva en malestar, ansiedad, soledad y conflictos».

 

 

 

Fuente: Mar Villasante (elmundo.es)

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