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Redacción
Lunes, 4 de junio de 2018 | Leída 724 veces
PSICOLOGÍA

Niños: esclavos de las tardes

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A toda la vorágine le surge en ocasiones una pausa y esos progenitores o los yayos se acercan a un parque donde corretean bocadillo en mano tras los pequeños, gozosos de esa tiranía que hace del adulto un perseguidor, es su manera de plantar el capricho personal como bandera de funcionamiento.

Los madres y los padres corren por las tardes acelerados, suben y bajan niños del coche, se desplazan de un lugar a otro con inquietud: el inglés, el fútbol, la música, el ballet o las clases particulares. En algunos casos no es así y la figura la ocupa un abuelo, hastiado de tener ocupadas también las tardes sin quererlo, pero como es el momento que disfruta de los nietos, claudica. A toda la vorágine le surge en ocasiones una pausa y esos progenitores o los yayos se acercan a un parque donde corretean bocadillo en mano tras los pequeños, gozosos de esa tiranía que hace del adulto un perseguidor, es su manera de plantar el capricho personal como bandera de funcionamiento.

 

Leo un artículo, en el cual una maestra declara apesadumbrada que muchos niños reciben el primer no en el colegio y no saben cómo gestionarlo. Provienen de hogares encomendados a su santa voluntad, a decidir lo que se ve en televisión, lo que se come, cuándo se sale o se entra. Son herencia tal vez de la frustración que provoca desear en la prole lo que no has sido, que tengan a ultranza, lo que no has tenido. En varias generaciones atrás había empeño en educar para el estudio o un trabajo. La generación más reciente, superado ese estadio, se afana en una corriente neoliberal norteamericana basada en ser más que el otro. Ese hecho produce una cadena competitiva, si inglés, yo mandarín, si fútbol, yo tenis, si academia, yo clase particular. Yo más, los otros menos, tal que así quedaría el eslogan. Terror a ir detrás, la odiosa comparación convertida en motor educativo.

 

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Hubo niños que de pequeños fueron casi invisibles, porque las familias consideraban que una serie de normas bien claras acompañadas de algunos principios básicos, quedaban en un lado sin alcanzar el protagonismo del epicentro continuo. Aquellos ahora han tenido descendencia y han abandonado lo recibido convirtiendo su descendencia en seres cuasi sagrados, a los que se adora y sirve. Su capricho decide cuándo y cómo cada momento es idóneo para el capricho y así los dispositivos digitales se usan al albur del capricho, la mochila la carga 'el papa o la mama' y las tareas domésticas son objeción de conciencia. No es no, estos sí que lo aplican.

 

Parece que no sepamos qué hacer para combinar la educación y el cariño. La proporción viene dada por un factor equívoco: cuando más le ofrezco, más lo quiero. Falacia que acaba con la instalación del estrés y la pequeña tiranía. Los hiperniños, como los define Eva Millet, una tropa que lengua fuera pasa seis horas por la mañana en clases y aun con esa condena deben llevar tareas para casa. Habrá esa tarde que tocar un instrumento con un sistema decimonónico y prusiano, luego corretear detrás de un balón o pelota guste o no guste, volver a oír palabras en inglés (tal vez chino) para regresar cansados y acabar los deberes pendientes después de mandar unos mensajes en respuesta a algún vídeo no muy ético y jugar un partida a algo. Sin aliento se irán a dormir agotados para comenzar otro día guerrillero. En su ensoñación tal vez quede un resquicio para apreciarse en la calle o en casa con otras amistades jugando a algo divertido, pero solo en ese sueño.

 

 

 

Fuente: Manuel Molina (ideal.es)

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