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Redacción
Lunes, 4 de junio de 2018 | Leída 637 veces
MOTIVACIÓN

Los porteros suicidas

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Cuando Loris Karius se comió el segundo de los goles absurdos en la final de Kiev, hubo quien se acordó de otro portero alemán y de otro gol absurdo.

 

Corría el año 2002. La Copa del Rey se jugaba a eliminatoria única. El todopoderoso Barcelona visitaba el campo del Novelda, colista de 2ª B. El 3-2 definitivo del equipo alicantino es un pase templado desde la banda izquierda. El delantero remata de cabeza al borde del área pequeña. La pica hacia abajo junto el palo izquierdo del portero. Es un balón fácil. Pero el portero alemán Robert Enke se equivoca, calcula mal, pone blandas las manos, cae de rodillas al suelo y nunca más se levantará.

 

Fue un gol absurdo que le marcó de por vida. Robert Enke ya no fue el mismo.(...)

 

Fabián Israel Villaseñor es el actual portero del Puebla mexicano. El guardameta mantuvo un intercambio epistolar con el escritor Juan Villoro. Una vez le explicó: "El juicio hacia la participación de un portero es distinto del que se hace del resto del equipo. Cuando un delantero falla un disparo a gol, ya sea porque el guardameta rival consigue desviar la pelota, porque ésta pasa cerca del arco rival o incluso porque el balón pega en el poste y termina fuera del arco, los compañeros reaccionan aplaudiéndole, motivándole, diciéndole: '¡Bien, a la otra entra!'. El público incluso se pone de pie y le aplaude por la gran jugada (que acaba de errar). ¿Y ante un error del portero? Después de recibir un gol nunca he escuchado un: '¡Bueno, para la siguiente la atajas!', menos aún he visto que el público le aplauda a una arquero tras recibir un gol ni festejar su máximo esfuerzo por atajarlo, siendo que tal vez este esfuerzo hizo que se viera más espectacular el gol. Los errores del delantero terminan en un: 'Vamos, a la otra cae', y los de un arquero terminan dibujados en la pizarra".

 

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Lester Morgan, portero costarricense del Herediano, se suicidó disparándose en la cabeza en 2002.

 

Sergio Schulmeister, portero argentino del Huracán, se quitó la vida en 2003.

 

Héctor Larroque, portero del Sportivo italiano, hizo lo propio en 2011.

 

Dale Roberts, portero del Sunderland y del Nottingham, se ahorcó en 2010.

 

Y Robert Enke, al poco de aquel gol ridículo, se fue del Barcelona, acabó en el Fenerbahçe, donde tampoco triunfó, tuvo una depresión generada por su miedo al fracaso, vio morir a su hija de dos años y, un día de 2009, cerca de Hannover, se arrojó a las vías del tren.

 

Siempre son los porteros.

 

Todos eligieron ser los últimos, ponerse bajo la portería, trabajar con guantes, vivir sin abrazos. Lo que equivale a decir que eligieron el riesgo de sufrir en soledad.

 

 

 

Fuente: Pedro Simón (elmundo.es)

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