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Redacción
Miércoles, 16 de mayo de 2018 | Leída 4113 veces
MOTIVACIÓN

¿Por qué Joni no llegó? El mejor jugador de la generación de Iniesta.

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Hace 20 años, Jonatan Valle deslumbró al mundo del futbol en el torneo de alevines de Brunete. Tenía 11 años. Ganó el campeonato con el Racing. Jugaba también Andrés Iniesta. Sus carreras han sido muy distintas: 31 títulos a 1 a favor del albaceteño. Nadie se explica por qué Jonatan no llegó a la élite, pero todos tienen una teoría. Él también tiene la suya.

En Santander todos saben qué es un raquero, aunque nadie sepa explicarlo. Es más fácil señalar con el dedo. Jonatan Valle era de crío un perfecto raqueruco. Carne de barrio. Listo como un ajo. Inquieto como una culebra. Travieso y pillo como si no tuviera otro destino. Por fuera, dicen, estaba hecho de la misma piel del diablo: al mínimo despiste, te hacía un roto, como los que haría toda la vida a los defensas. Por dentro, cuentan, era y es todo corazón, bueno para todos menos, a menudo, para sí mismo. Confiesa ser de pocos amigos, pero muy buenos. Un tipo afable y una bala. Tímido, sinvergüenza. Tan desprendido como desconfiado. ¿Suena contradictorio? Es que nadie sabe explicarlo. Jonatan, menor de dos hermanos, se crió en casa de su abuela materna, Ción, en el barrio santanderino de El Caleruco. De pequeño era chiquitín y redondo. Para Joni, como le llama su gente, el mundo era una pelota. Lo es hoy. De su boca sale “balón” cuatro veces por cada una que dice “fútbol”, calcule el lector. “Lo mío era balón, balón, balón y balón”, explica. Todos asienten. Es domingo por la tarde, finales de los ochenta. Jose Valle, delantero del Real Unión, juega un partido de Tercera División. Algo pasa en la grada. Su hijo Jonatan, de tres años, está volviendo loca a la afición. No es la primera vez que pasa. Dando toques a una pelota recorre toda la banda por el lado de fuera, como si el campo fuese un espejo en el que no pudiera dejar de mirarse. Si por el público fuera, el crío debutaba esa misma tarde. Es tan maravilloso lo que hace con el balón que se olvidan de que es un niño.

 

Junio de 1996. Nadie duda ya en Cantabria de que aquel retaco será un figura. Idéntico asombro se repite en toda España gracias a la televisión. Con 11 años, su juego deslumbra a todos en el torneo de alevines de Brunete, que organiza la Fundación El Larguero y transmite Canal Plus. Por sorpresa, guiado por la magia de Joni, que se hincha a dar toques, regates y pases, a meter goles a lo Maradona, el Racing gana el campeonato, remontando en la final al Espanyol (1-2). El chavalín de Santander es la gran sensación –su carácter y su genio sorprenden todavía en YouTube–. También se habla mucho de un niño del Albacete, Andresito Iniesta, apeado de la competición en semifinales por el Racing de Jonatan. Empatan por el trofeo al mejor jugador. La prensa y el público adoran al santanderino. Radomir Antic, con voto de calidad, prefiere al de Fuentealbilla. Para Joni es el primer aviso de que tener un talento descomunal no garantiza el éxito. Se cumplen ahora 20 años de aquel torneo de Brunete. Desde entonces, Iniesta ha ganado con el Barcelona 18 títulos nacionales y 10 internacionales. Ha jugado más de 100 veces con la Selección. Este verano disputa su tercera Eurocopa, ganó las dos anteriores. Marcó en Johannesburgo el gol que valió a España un Mundial. Jonatan, por su lado, jugó en todas las categorías inferiores de la Selección, hasta la sub-21.

 

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Disputó cuatro temporadas en Primera con el Racing, hasta 2008. Cinco en Segunda (Málaga, Castellón, Recreativo de Huelva, Lugo). Cuatro en Segunda B (Racing B, Ponferradina, Leganés, Burgos). En 2012 ganó la Copa de Rusia con el Rubín Kazán. La carrera de Jonatan responde al sueño de la mayoría de niños que pasan por Brunete: ganarse la vida jugando al fútbol. Pero Joni atesoraba calidad suficiente para desarrollar un palmarés de leyenda, como los de Xavi, Casillas, Torres, Llorente, Fábregas, Piqué o, por supuesto, Andrés Iniesta. Todos fueron niños de Brunete. Un ramillete de jugadores bendecido por los dioses. Joni era como ellos. Por eso la grada no se explica que no llegase a ocupar su sitio entre los elegidos. Hay muchas teorías para explicarlo, pero antes de repasarlas, recordamos con él todo el ruido que metió de niño

 

¿Cuándo sentiste por primera vez que eras bueno?

 

A raíz del campeonato de Canal Plus. Competíamos contra los mejores equipos de España, no pensábamos ganar ni de gorra. Pero iban pasando partidos, el equipo estaba bien, yo estaba muy bien. Cuando íbamos a jugar contra el Atlético de Madrid, donde estaba Fernando Torres, me dijeron: “Niño, aprieta, que estás entre los candidatos para ser el mejor jugador del torneo”. Yo me dije, ¡ay, dios!, ¿qué es esto?, ¿será verdad? Pensaba que lo decían para motivarme, pero ahí cogí esa confianza de decir, joder, se me da bien. Imagínate, con 11 años, para mí aquello era un sueño.

 

La entrevista se realiza a primeros de mayo, en Burgos, sentados en un banco junto al Río Arlanzón, frente al estadio municipal de El Plantío. Unos pasos más allá, dos chavales juegan al balón. A Jonatan se le va la vista hacia ellos un par de veces. A poco de arrancar la charla, un moscardón se cuela por medio. El periodista trata de ahuyentarlo a manotazos. Jonatan, sin dejar de hablar, lo despacha de un certero puntapié.

 

¿Qué recuerdas de aquel torneo?


El año anterior ya me habían llevado, siendo una ratilla, pero tenía una lesión de isquiotibiales y jugué poco. Los recuerdos son muy bonitos, puros niños: trastadas en las habitaciones, la amistad con jugadores de otros equipos, el ambiente de las comidas… Es lo más bonito del fútbol. De niño es la pureza, la esencia. Lo que peor llevé cuando llegué al Racing fue que entras en un vestuario profesional y ahí cada uno tiene una historia, va más a lo suyo. Hice también buenos amigos, pero es totalmente distinto.

 

¿Algún otro compañero de aquel Racing que ganó en Brunete se dedicó al fútbol?

 

A nivel profesional, Samuel San José, que juega en México, en Segunda. Samu era vecino mío del barrio, puerta con puerta. Fui con él a pedir una prueba a Santiago Gutiérrez Calle. Éramos unos micos. De aquel equipo alguno más jugó en Tercera. Pero lo que es Primera o Segunda... Santiago Gutiérrez Calle (1945) fue coordinador del fútbol base del Racing durante tres décadas. Cita de corrido a los grandes talentos de la cantera: Quique Setién, Álvaro Cervera, Iván de la Peña, Esteban Torre, Sergio Canales… para concluir que Jonatan a su edad era el más espectacular: “Este era distinto, tenía algo más. Todos salen perdiendo en la comparación”. “Antes de recibir la pelota tenía 37 jugadas en la cabeza. Pensaba mucho más rápido que el resto. Y era muy completo: daba pases con precisión a 30 metros, se colaba con un dribling entre tres morlacos... Hacía cosas que yo solo he visto hacer igual a Messi, aunque con la diferencia, claro, de que Messi las hace en Champions y Joni las hacía con niños”, matiza.

 

Santiago, que fue tutor de Jonatan, lamenta la dificultad que tuvo para asimilar tantas alabanzas siendo tan pequeño y teniendo una mente tan propensa a dispersarse: “Siempre tenía mil pájaros en la cabeza y doscientos mil más revoloteando cerca”. Y apunta otro detalle: “Desde muy niño estaba obsesionado por comprar a su madre una casa o un chalet, por acomodarla”.

 

Después de Brunete te llegaron ofertas del Barcelona, del Madrid, del Ajax… ¿Por qué te quedaste en Santander?

 

Soy del Barcelona desde pequeño. El problema que tuve es que mis padres estaban separados, yo vivía con mi madre, estaba muy apegado a ella y no me fui por miedo, así de claro.

 

En 1999, con 14 años, el Racing de Santander, que jugaba en  Primera, te llevó a hacer la pretemporada a Dwingeloo (Holanda). ¿Cómo fue aquello?


Imagínate, de estar el día anterior pidiéndoles que me regalaran las botas que les sobraban, a decirme que me iba con ellos. Fui muerto de vergüenza, porque yo les veía, fíjate, como dioses.

 

Pues cuentan que no te cortabas, que hacías caños a quien hiciera falta.

 

Sí, en ese momento yo tiraba muchos caños, pero a base de hostias y de amenazas, como les veía todo grandes, me quitaron las ganas.

 

Para ti seguía siendo un juego, mientras que ellos se jugaban el sueldo.

 

Claro, esa es la diferencia que te decía antes. Tiras un caño cuando eres niño y se gira al que se lo has pegado y te aplaude; ahora tiras un caño y puede pasar que se gire al que se lo has pegado y te pegue un palo. Pero a mí ese es el futbol que me gusta. Yo me he llevado muchas patadas porque entiendo el fútbol de esa manera.

 

Ángel Viadero (1969) entrenó a Jonatan en el Racing, luego lo dirigió en la Ponferradina y otra vez, este año, en el Burgos, en Segunda B. “Dentro de él había un genio en muchos aspectos, por visión, por habilidad para hacer cosas imposibles. Lo que Joni hacía a los 12 años no lo ha hecho nadie, ni antes ni después”, dice, y añade: “Ni el mayor aficionado al fútbol te sabe decir cuatro nombres de chavales que jugaron el torneo de Brunete el año pasado, en cambio a Jonatan se le recuerda todavía, y han pasado 20 años”. ¿Por qué aquello no cuajó? Viadero apunta a una responsabilidad colectiva: “Nadie estaba preparado para gestionar una habilidad tan especial como la suya, era diferente a todo lo que conocíamos”. “Las urgencias por explotar su talento fueron más rápidas que él. Se le exigía física y mentalmente como si fuera un hombre desde los 14 años, aquello era brutal”, aclara. Primero, las prisas, luego, la pausa, pero a destiempo: “En su esplendor, estando ya en Primera, pasó temporadas saliendo a jugar solo a rachas, cuando lo que necesitaba entonces eran minutos y confianza”.


¿Alguna vez dejaste de sentirte bien jugando al fútbol?


En mis peores años con el Racing llegaba a casa y no tenía ganas ni de volver el día siguiente a entrenar. Pensé hasta en decir, ¡buf!, que se acabe esto ya, que pase ya el fútbol. Salía con tanta presión al campo, con tanto nerviosismo, que no me dejaba disfrutar. Igual algún balón muy fácil, que me lo dabas de pequeño y con los ojos cerrados te lo pisaba, lo perdía. Por esa tensión, por ese nerviosismo, por esa precipitación, por esas ganas de agradar a todo el mundo. Mis años en el primer equipo del Racing fueron bastante duros, bastante duros.

 

También habrá algún recuerdo bonito, alguna jugada grabada.

 

Sí, claro. Nunca se me olvida el primer gol que metí en Primera, al Málaga, en El Sardinero. El estallido del público. ¡Buah! Recuerdo, celebrando el gol, los pelos de punta, todo el cuerpo temblando de la tensión.

 

Con 16 años debutaste en Copa del Rey, con 18, en Primera. Cumpliste tus sueños muy pronto, pero luego te frenaste. Se esperaba más de ti.

 

Miras a Torres o a Iniesta y sí, bien, ellos quizá han elegido mejor, han llevado mejor la formación que yo, o miles de factores, que ahora mismo no echo cuentas. Como a todo el mundo, a mí me hubiera gustado jugar en un Barcelona, un Madrid, un Atlético o un Valencia, pero tampoco me puedo quejar. He jugado en un grande de Rusia, que fue una experiencia maravillosa. Luego he estado en el Racing, en el Málaga, en Huelva…

 

Pero podía haber sido otra cosa.


Sí, podía haber sido, claro… Pero, ¿cuántos millones de personas en sus trabajos podían haber sido? Lo importante para mí era cumplir mi sueño, jugar en el fútbol profesional, y realmente, he llegado. Si el día de mañana me preguntan mis hijos, les puedo enseñar un vídeo de su padre jugando contra Zidane, o contra Beckam, o contra Ronaldo. Eso me llena de orgullo. ¿Que podía haber llegado…? Bueno, también me podía haber quedado por el camino, como se han quedado muchos.


Siempre te acompañan las comparaciones con Iniesta, ¿te cansa?

 

Para mí es un halago. Sí es cierto que muchas veces te toca las narices, depende de cómo la gente lo quiera utilizar. Pero el que viene a hacer daño con eso no se da cuenta de que yo soy feliz como soy, que no me hace falta más. Al revés, me enorgullece que en su momento he sido comparado con uno de los cinco mejores futbolistas españoles de la historia. ¿Lo demás? El cuento de la lechera. Podía, podía, podía… La realidad fue otra y ya está, no hay más.

 

Esa realidad que menciona Jonatan es quizá su modo de referirse a sus carencias físicas. Los que le vieron jugar en El Sardinero recuerdan cómo, con 20 años, después de una jugada explosiva, de las que levantaban a la grada, acababa sofocado, lo que a menudo levantaba del banquillo a sus técnicos. Laureano Ruiz de Santander, entre 1984 y 2011. Afirma que Jonatan es uno de los mejores jugadores a los que ha dirigido, que son cerca de 30.000, y opina que en sus mejores años los técnicos “no le ayudaron en absoluto”. En primer lugar, por negarle continuidad: “Salía en los minutos finales, daba un vuelco al marcador con cuatro o cinco jugadas de categoría, y al domingo siguiente no iba ni convocado. Le conozco muy bien y es posible que eso le supusiera una tristeza tremenda”. La segunda y principal razón es que “insistían en ponerle de extremo, donde no podía desarrollar sus mejores cualidades: el regate, el tiro y el gran pase”. “Jonatan tiene una sola posición, jugar detrás del delantero, pero no muy lejos, y por el centro”,sentencia el maestro.

 

Hay muchas hipótesis sobre por qué no llegaste a triunfar en la élite… [Img #14508]

 

Mira, yo te voy a decir por qué no llegué: me ha faltado físico. A mí me pueden vender la moto, como ha hecho muchas veces algún entrenador: “Jonatan, tienes que trabajar más el físico, tienes que ponerte más...”. Sí, bien. Yo he estado trabajando el físico muchas veces muchos meses: fuerza, resistencia y demás, y he mejorado, pero incluso con esa mejora, para jugar al primer nivel, para jugar en un equipo grande, de los de tres partidos semanales, me hubiera faltado.

 

¿Te faltó motor de base o te faltó preparación?


Las dos cosas. Igual genéticamente no doy más. En todo caso, debería haber trabajado mejor el físico de pequeño. Yo no cogía una pesa nunca, y a la hora de correr, como iba sobrado, no me exigía lo que tenía que exigirme, me dejé.

 

Tampoco te ayudaron las lesiones, siempre inoportunas.

 

Eso es cierto. Las lesiones las he tenido quizá en los momentos más importantes de mi carrera, cuando mejor he estado físicamente y cuando mejor he estado jugando. Me pasó con  Marcelino, en el Racing, o con Sergi Barjuan, el segundo año en el Huelva.

 

Raúl Ruiz (1960) fue 12 años segundo entrenador de Manolo Preciado. Es además preparador físico. Ahora está en el Dynamo de Kiev. En 2012, cuando Jonatan estaba en paro, entrenando con el Noja, de Tercera, Raúl le dio la oportunidad de su vida, llevándoselo a la República de Tartaristán. Ganaron juntos la Copa rusa. “Probablemente en Cantabria no han tenido un talento como el suyo ni los más grandes, como Setién o Marcos Alonso. Veía el juego desde el césped como otros lo vemos desde la tribuna o desde casa por la tele”, destaca. Cuenta Raúl que Jonatan dejó en el Rubín Kazán grandes sensaciones; que quiso reconducirse; que valoraron sus cualidades técnicas y esa capacidad de pensar y decidir más rápido que nadie. ¿Por qué no siguió? “El fútbol moderno demanda en la élite un esfuerzo físico que, con el déficit que arrastraba Jonatan, le impedía desarrollar su talento”, responde. Descarta que ese déficit fuera congénito. Su conclusión: “Entre los 14 y los 18 años es fundamental trabajar bien todos los principios técnicos, tácticos, físicos y mentales de un jugador. Solo con talento no se juega al fútbol”. Entrenadores que te conocieron de chaval te han dado segundas oportunidades, como si creyeran que con ellos fueras a explotar. Raúl Ruiz te llevó del paro a la primera categoría rusa; Sergi, que te conocía del equipo de parados de la AFE, al Huelva; Setién, el año pasado, al Lugo; Viadero, éste, al Burgos.

 

¿Sientes que has fallado a alguno de ellos?

 

Con Sergi Barjuan tengo una espinita clavada. Sergi es el entrenador con el que mejor fútbol he hecho y más he disfrutado, porque su fútbol da prioridad a la pelota, con posesiones largas, como hace el Barcelona, que es también mi forma de ver el fútbol.

 

Y qué pasó?

 

En los últimos partidos con el Huelva tuve problemas familiares. Me separé, mis hijos se fueron a Santander, yo me quedé allí solo, y psicológicamente fue un palo muy gordo. Sergi me ayudaba mucho, me decía: “Joni, olvídate de lo de afuera, que quedan 10 partidos, vamos a meternos en playoff, tienes que estar a tope y darnos lo mejor de ti”. Y los compañeros, igual. Pero en ese momento tenía una venda en los ojos y no podía ver más allá de la situación personal mía. Me siento en deuda con Sergi por no haberle podido dar ese cien por cien que me pidió.

 

Muchos aficionados echarán en falta la explicación más repetida de por qué Joni no llegó: su fama de juerguista, indisciplinado, conflictivo. A los 16 años se publicó que dejaba el fútbol por el boxeo. Siendo profesional, dio positivo en controles de tráfico. Fue retenido por conducir sin carné. Declaró en comisaría como testigo por una pelea en la que participaron sus acompañantes. En alguna ocasión fue apartado del equipo por llegar a entrenar en malas condiciones. Ninguno de los técnicos consultados considera nada de esto determinante. Lo atribuyen a su precocidad y al exceso de atención que soportó. Manuel Huerta (1947), ex alcalde de Santander y presidente del Racing en dos ocasiones, firmó en su consulta de traumatólogo el primer contrato de Jonatan, el día que cumplió 12 años. Fueron testigos sus padres y su mayor valedor, Laureano Ruiz. Huerta, si bien solo tiene buenas palabras para él como persona, culpa sin dudar de que no llegase a su mala cabeza. En invierno de 2006, con él de presidente, el Racing fichó como cedido al delantero chileno Mauricio Pinilla: “Un jugador excepcional, pero con unos problemas de orientación importantes. Pues figúrate, llegó a Santander y a los tres días ya era íntimo amigo de Jonatan. ¡Inmediatamente se juntaron! Dos futbolistas que podían haber sido figuras mundiales y ellos mismos lo abortaron, con su forma de ser y su poca ilusión por triunfar”. El Racing tenía esa temporada un equipo de mucha calidad, pero la indisciplina del grupo llevó a Manolo Preciado a dimitir a pocas jornadas del final. Jonatan, a quien Preciado conocía desde niño y saludaba con dos besos, tomó la palabra en el vestuario, olvidando que estaba apartado de los entrenamientos, para inculparse en nombre de la plantilla y defender al técnico. El club, como tantas otras veces hizo, sentó en el banquillo al añorado Nando Yosu. Se salvaron del descenso en la penúltima jornada.

 

Cuando jugabas en el Racing te ganaste fama de salir mucho y de cuidarte poco.

 

La gente que me conoce bien sabe que a mí no me gusta la noche. Sí que es cierto que el día que salgo, si me apetece tomarme dos cubalibres, o cuatro, pues me los tomo, pero en el día a día, no soy persona que bebe. Tomo agua o cocacola light, pero ni vino ni cerveza.

 

¿Afectaba a tu rendimiento?

 

Ha habido temporadas de pasarme ocho o 10 meses entrenando fuerte para ponerme fino, sin beber ni una gota de alcohol, pero cuando te digo ni una gota es que salía e igual me tomaba cuatro botellines de agua en vez de cubatas. Y haciendo eso, he mejorado, pero siempre me faltaba otro salto.


¿Te ha tratado bien El Sardinero cuando has vuelto como visitante?


Este año volví, con el Burgos. Siempre hay una parte del público a la que no le gustas, y lo entiendo, pero me dieron una ovación. ¡Y me dio una rabia! Me emocioné y todo, se me pusieron los pelos de punta. Porque pensé, me cago en la leche, que no haya podido devolverles el cariño que me dieron; que la gente mía, del Racing, no haya podido disfrutar de mi fútbol, como lo han hecho en Ponferrada o en Huelva.

 

También fue polémica tu salida de Huelva, por aquel mensaje en el que decías cosas como: “Chuparme todos los huevos”.

 

Tuve un problema, al final, que me formó un elemento. Quiso hacer daño y lo hizo. Había firmado el finiquito, iba camino de Lugo y los amigos me estaban mandando audios de broma por WhatsApp. Me decían: “Vete para allá, cabrón, que no vas a ver el sol ni a tiros”, cosas así, y yo les contestaba con otros audios, todo de risa, vacilando, entre amigos. Pero uno de ellos, que lo tengo localizado, se lo pasó a otro que no era del grupo y lo subió a redes sociales. Lo tengo denunciado.

 

 

Siempre has dado mucho que hablar.

 

De mí se han dicho tantas cosas sin conocerme... Empecé muy joven y era un trasto, pero luego cogí una fama que no responde a la realidad. Dicen, Jonatan Valle, y piensan, buen
futbolista, pero, ¡uy!, tiene la cabeza un poco loca. Es cierto que cometí un montón de errores. Si volviera a empezar, enfocaría todo de una manera muy distinta. Pero es muy difícil de llevar cuando eres tan joven y estás metido en una burbuja porque ganas mucho dinero, todo el mundo te alaba, te crees que eres dios. Siempre me ha encantado el fútbol, pero he llevado mal todo lo de alrededor. Me daban vergüenza las entrevistas, que me parasen por la calle para hacerme una foto o pedirme un autógrafo. Y luego cumples años, ves a tus amigos que llevan otra forma de vida, que empiezan a salir, viajan, y tú quieres hacer lo mismo. Me veía como una persona normal, del barrio, que jugaba al fútbol. No me daba cuenta de que ya era un jugador profesional.


Las dos últimas temporadas, en Lugo y Burgos, Jonatan ha jugado poco, por las lesiones. Este verano busca equipo. Salvo que llegue una buena oferta económica, priorizará el proyecto deportivo, la oportunidad de hacer pretemporada y, sobre todo, estar cerca de sus hijos. Su familia es lo único a lo que quiere más que al balón. Cuenta que al pequeño se le da muy bien, aunque con 5 años, ya se cierne una amenaza sobre su carrera.

 

¿Veremos a una tercera generación del apellido Valle en el campo?

 

Mi hijo mayor, Jonatan, que tiene 7 años, es físicamente como la madre, y no le gusta mucho el fútbol. En cambio, Martín, el pequeño, es calcado a mí; los andares, la forma de la cara y todo, y le chifla. Le intentamos meter a jugar al Monte, el equipo donde empecé, y al pobre le ocurrió una cosa. Le llevó la madre con un pantalón que no tenía cordón, y en una jugada que iba conduciendo el balón se le cayó el pantalón, y cogió un berrenchín que no ha querido volver, porque encima es como yo, muy vergonzoso, y está con esa vergüenza que no quiere volver, que no quiere volver, que no quiere volver. Yo digo, bueno, dejadle, que si algún día quiere, ya dirá, oye, papá, o mamá, llevarme a jugar.

 

 

 

 

Fuente: Juan J. Gomez (revistalibero.com)

* Artículo publicado en el número 17.

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