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Redacción
Viernes, 13 de abril de 2018 | Leída 411 veces
PSICOLOGÍA

Niños bajo presión: ¿Les exigimos demasiado?

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Les exigimos que sean los mejores, viven a toda prisa, les organizamos jornadas maratonianas, abusan de la tecnología... y acaban tristes y estresados. Es hora de devolverles su infancia.

Alejandro está inquieto, llora sin motivo, le duele la cabeza, se queja de la tripa y sonríe pocas veces. Algo está pasando. El pediatra le diagnostica ansiedad y dice que hay que reducir el nivel de estrés y averiguar el origen del mal. Los padres creen que todo está bien, porque el niño madruga “como todos”, asiste a clases extraordinarias de ajedrez en la hora del recreo “como muchos”, después va a entrenamiento de fútbol, al conservatorio de música y, cuando no hay deporte, acude a la piscina municipal y a clases de chino. Cuando llega a casa, se enfrenta, “como la gran mayoría”, a las tareas escolares, que le ocupan el poco tiempo que resta hasta la hora de dormir. ¿Quién dijo que el estrés no es cosa de niños?

 

Es cierto que el exceso de agenda no es la única causa que produce estrés en los más pequeños. También influyen el trepidante ritmo de la sociedad de hoy, la exigencia sin límite de algunos padres, las secuelas de un divorcio, el nacimiento de un hermano, la muerte de un familiar, el maltrato físico, el sentirse diferente en algo, el abuso de las nuevas tecnologías… y la personalidad, pues no todos los niños tienen las mismas herramientas para afrontar una situación que les sobrepasa. Para arrojar luz sobre esta cuestión, que tiene impacto en la salud, el rendimiento escolar y las relaciones sociales, hemos consultado a especialistas en salud mental infantil y del sector educativo y nos hemos acercado a padres que han sufrido, literalmente, el estrés de sus hijos.

 

Un 15% de la población española padece un problema psicológico y uno de cada ocho tiene una enfermedad mental, según el Libro Blanco de la Psiquiatría de la Universidad Complutense de Madrid. En el caso de los niños, las cifras lógicamente bajan, pero la OMS ya ha lanzado advertencias en este sentido. No es para menos: la Sociedad Española de Estudios de Ansiedad y Estrés estima que más de un 10% de la población infantil y adolescente de nuestro país padece este mal.

 

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Síntomas claros


¿Cómo podemos saber si un niño sufre estrés? El doctor Celso Arango, jefe del Servicio de Psiquiatría del Niño y Adolescente del Hospital Gregorio Marañón, enumera las señales de alerta: trastornos del sueño, dolor de estómago, cefaleas, insatisfacción, irritabilidad, rabietas, tristeza, sudoración de las manos, cansancio, pesadillas, disminución del rendimiento escolar... “El estrés se expresa de forma muy heterogénea y actúa como una válvula que tiene efectos indeseados, porque es factor de riesgo en la aparición de psicosis tempranas y otras patologías y trastornos psiquiátricos”, matiza.

 

Según este especialista, el estrés es algo que, en casos extremos, tiene que ver con traumas, abusos sexuales, acoso escolar o abandono. Sin embargo, se detecta cada vez más en niños en situaciones aparentemente normales. ¿Por qué? “Las actividades extraescolares ocupan el tiempo que antes se dedicaba a la interacción con los padres y los amigos. Y nos encontramos con que la obsesión por el éxito escolar no deja tiempo a los niños para reflexionar ni sedimentar lo que han aprendido. Se necesita el juego libre para integrar los conocimientos en el cerebro. Y con la sobredosis, hay colapsos”.

 

Decálogo para recuperar la calma

 

  • Adaptar las actividades extraescolares a sus capacidades y no a nuestras aspiraciones.
  • Ser menos exigentes y más tolerantes, y recordarles que nadie es perfecto.
  • Crear un clima de serenidad.
  • Dedicarles abrazos y tiempo.
  • Ayudarles a expresas sus emociones.
  • Facilitarles periodos de descanso y ocio.
  • Practicar, como un juego, técnicas de relajación
  • Dejarles elegir sus actividades preferidas.
  • Si es necesario, buscar ayuda profesional.


Marta es la madre de un niño, Rafael, que un día manifestó que no quería ir al colegio. Tenía ocho años y cursaba tercer curso de Primaria en un colegio con fama de exigente en Madrid. Le sudaban las manos, se mostraba muy nervioso, su rostro se ponía lívido, tenía diarrea crónica y llegó a arrancarse las pestañas. Los domingos por la tarde ya manifestaba síntomas de pánico, hasta el punto de que se escapaba para no ir al colegio. “Una vez que descartamos el acoso, descubrimos que, cuando los resultados académicos no eran los deseados, los profesores le presionaban, le desplazaban y le señalaban. Muy a menudo, le veía con los ojos inflamados de tanto llorar. El colegio no me ayudó, hasta me decían que tenía yo la culpa –relata Marta–. Estuvo en terapia hasta que le cambiamos a un centro con un sistema educativo por proyectos, donde se trabajan las inteligencias múltiples y donde no existe el infierno de los exámenes durante la Primaria. Ahí se acabó la rabia”.

 

¿De la noche a la mañana?


El caso de Pablo, de nueve años, es diferente. De la noche a la mañana comenzó a mostrarse muy inquieto y nervioso, y dejaba los exámenes en blanco cuando, hasta entonces, había sido un alumno brillante.

 

La psicóloga dio con la clave: estaba saturado. “El estrés se debía a un exceso de responsabilidad –cuenta Lola, la madre–, porque es bastante inflexible con sus obligaciones. Esta situación le producía vómitos, así que decidimos reducir las actividades que realiza fuera del horario lectivo”.

 

Para atajar situaciones como estas, el British Council ha puesto en marcha, con la colaboración del juez de menores Emilio Calatayud, una experiencia pionera: WellbeingHub, para resolver problemas vinculados a la gestión emocional en los niños. Se trabaja en tres frentes: el aula, donde los alumnos expresan sus sentimientos y se evalúa su respuesta ante problemas de ansiedad o, incluso, de acoso; los profesionales (profesores, psicólogos y responsables de la protección a la infancia); y las familias, a través de seminarios y talleres periódicos abiertos al público.

 

Expectativas y realidad


El doctor Celso Arango ve en su consulta a muchos niños estresados, a los que se les exige más de lo que pueden dar. “Se sienten desbordados porque no cumplen las expectativas. El fútbol, en vez de ser educación física, se ha transformado en un vehículo para que la familia salga de la pobreza: el papá va al partido e insulta al árbitro, y muchos críos acaban aborreciendo el deporte”.

 

Ana Corbalán, psicólogca de la clínica Eidem de Guadalajara, también atiende a niños con estos síntomas: “Hay que ajustar las expectativas para que no se frustren demasiado. Las familias focalizan la vida del niño en el estudio y, si el pequeño no da la talla por algún motivo, se siente muy presionado y llega a desconectar. Por eso es tan importante no destruir la autoestima”. En su opinión, existe una gran preocupación para formar niños bilingües y excelentes a nivel académico, pero se olvida a la persona: “Da pena que algunos colegios traten a los pequeños como números que bajan o suben la nota del centro. Muchos sufren, y eso se traduce en rabietas y conductas no deseadas. Intentan flotar en un sitio donde literalmente se están hundiendo. Y la mayoría acaba en el psicólogo”.

 

Por otra parte, el estrés no ayuda a aprovechar realmente lo que se enseña en la escuela. José Antonio Piqueras, profesor de Psicología en la Universidad Miguel Hernández de Elche, asegura que las investigaciones apuntan a que es necesario un nivel de excitación emocional para poder aprender, “pero si estamos pasados de vueltas, la agitación repercute negativamente y nos impide atender, procesar y fijar conceptos”.

 

¿Por qué me estreso si soy un niño?

 

  • Los propios niños ponen palabras a sus sentimientos: ansiedad, fracaso, estrés, miedo... Estas son algunas de las frases que los psicólogos escucha en sus consultas.
  • “Cada vez que se me viene a la cabeza que tengo examen, me entran ganas de llorar, porque seguro que suspendo”.
  • “Mis padres me regañan porque no les gusta cómo me visto o me peino. Yo creo que no me quieren”.
  • “Siempre estoy preocupado porque mis padres no me hacen caso, porque mis amigos prefieren irse con otros niños de su clase o porque pienso que me va a pasar algo grave”.
  • “Siempre me están comparando con mi hermano mayor o con mis compañeros de clase. No lo soporto”.
  • “Esta evaluación he suspendido tres asignaturas. Mis padres me van a matar: me habían pagado clases”.
  • "Mis padres se han separado y creo que no les importo".
  • “No me gusta cómo soy. No soy guapa, ni alta, ni graciosa. Pero todas mis compañeras sí lo son”.
  • “Soy mucho más bajo que mis amigos. Ellos siempre me preguntan si tengo un problema y yo no sé qué responder”.


Tal vez por eso, cada vez son más las familias que demandan centros escolares que, durante [Img #14305]la etapa de educación primaria, no presionen a los alumnos con deberes académicos que restan tiempo al juego libre y a la convivencia familiar, además de generarles ansiedad. Eso lo sabe bien Ghada Aboud, profesora del Colegio Estudiantes Las Tablas de Madrid y coordinadora pedagógica de Infantil.

 

La enseñanza por proyectos, el trabajo cooperativo, el cultivo de las inteligencias múltiples y la atención individualizada son los ejes del plan educativo de este centro concertado. “Un niño no puede ir con miedo al colegio. Si no está feliz ni contento ni motivado, y no se le asegura un bienestar, no aprende, desaprende”, asegura Aboud. ad de la familia. “Si el estrés sigue, se bloquea el proceso de aprendizaje y te cargas emocionalmente al alumno”.

 

Además de la ansiedad, hay un término del que hasta ahora sabíamos poca cosa y que se está colando de forma cada vez más frecuente en las consultas psiquiátricas: el tecnoestrés. Estar conectado y alerta todo el día acaba generando angustia, hasta el punto de que algunos países europeos han incluido la desconexión tecnológica de los adultos como un derecho laboral.

 

Lo mismo se puede decir de los niños, que se pasan las horas muertas enganchados al móvil, a la tableta o a la consola. El abuso de la tecnología genera una excitación que, además de disminuir la creatividad, puede provocar comportamientos violentos: “Hay que dar herramientas para que puedan gestionar el uso de las nuevas tecnologías, porque es un asunto que se nos va de las manos –dice Ghada Aboud–. Las redes generan ansiedad entre los adolescentes. Y ellos no son conscientes de que, en realidad, tienen un arma muy peligrosa y poderosa en las manos. La mayoría tampoco sabe que muchos de los delitos cometidos por menores se descubren por medio de los whatsapp que han enviado, porque la policía los rastrea, incluso aunque ellos los hayan borrado”.

 

Para evitar este estrés tecnológico, hay que buscar momentos de calma y hasta de aburrimiento. En esto coinciden los especialistas de salud mental. Quizá por eso, han proliferado en las grandes ciudades los centros y escuelas de meditación, mindfulness, pilates y yoga. También para niños. “Tiene sentido que, en una sociedad tan veloz, haya un rato para el juego libre, para relajarse, respirar, meditar o, simplemente, echarse la siesta”, considera el profesor Piqueras, que recientemente abordó el problema del estrés infantil en unas jornadas sobre salud mental infantil organizadas por la Fundación Alicia Koplowitz.

 

Por otra parte, cuando surgen niños estresados algunos señalan inmediatamente a los padres. El doctor Arango, en efecto, nos remite a estudios que indican que las madres con ansiedad durante el embarazo transmiten su agitación al bebé, y el profesor Piqueras constata que se produce un contagio directo de los padres estresados a sus hijos: “Los adultos somos los modelos. A veces les exigimos tanto que desarrollan un perfeccionismo patológico, con una autoexigencia tan brutal que les puede provocar una infelicidad de por vida. Reproducimos el mundo adulto en ellos, con jornadas maratonianas y un patrón de estrés y adicción al trabajo evidentes. ¿Es sano trabajar 14 horas, dormir poco y volver a trabajar? Es un modelo muy productivo, desde luego, pero también bastante estúpido e insano. El esfuerzo es bueno, pero a veces nos puede costar la salud”.

 

Las alertas


Nadie duda, a estas alturas, que el estrés también es cosa de niños. Y por eso tendríamos que aprender a gestionar mejor la infancia, resume el doctor Arango; porque la vida no se acaba por no entrar, es un decir, en Oxford o Harvard: “Estamos obligando a los niños a adaptarse a cambios sociales que obedecen a patrones económicos –asegura el experto– y eso influye en la comunicación familiar. Ya no se conversa ni se come en casa, y eso es un factor de riesgo, también para el acoso escolar. ¿Por qué? Porque una comida o una cena, donde se habla de verdad y se aparcan los móviles, permite captar alertas y poner medidas correctoras. Tampoco debemos olvidar que, hace menos de 2.000 años, los niños eran recolectores o cazadores y que, en poco tiempo, la sociedad les demanda otra cosa, cuando los genes y la capacidad de adaptación biológica no son tan rápidos”.

 

 

 

 

 

Fuente: Pilar Ortega (mujerhoy.com)

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