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Redacción
Lunes, 12 de febrero de 2018 | Leída 55 veces
EDUCACIÓN

El lugar donde los niños pueden volver a jugar en la calle

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Un reciente estudio sobre lesiones deportivas anómalas en edades tempranas arrojaba la conclusión de que los traumatismos concretos son cada vez más frecuentes más pronto. Es decir, que los niños se rompen antes cosas que deberían romperse después, si se diera el caso. Y la razón es muy clara y sintomática: hoy se especializan muy pronto en una modalidad determinada y solamente se ejercitan en ese ámbito.

 

Algunas de las generaciones anteriores a la Millenial, sobre todo las que vivían en pueblos, todavía recuerdan cómo era jugar en la calle. Y aquello significaba igual darle patadas a un balón que encestar en la canasta del parque o iniciarse en el frontón municipal. En estas circunstancias, movías todos los músculos y lo hacías de manera diferente cada vez. Y eso te llevaba no saber lo que era un ligamento cruzado roto hasta que tenías como mínimo 18 años, si con esa edad habías conseguido jugar al fútbol en algún equipo.

 

Hay, sin embargo, cada vez menos espacio en las ciudades para el juego lúdico y los espacios abiertos. Aunque Valencia sea una meca en este sentido, con el río atravesando la urbe y varios parques como Viveros.

 

Curiosamente, de un movimiento callejero ha surgido una de las escuelas más disruptivas que existen hoy día. Que se ubica, como muchas otras novedades, en Ruzafa. Y que ha variado la percepción del ejercicio, la diversión y la iniciación en edades tempranas hacia la práctica del Parkour. O lo que es lo mismo, del aprovechamiento de los obstáculos urbanos para saltar, correr o usar el propio peso como moldeador del cuerpo. Y, de paso, redescubrir tu entorno de una manera distinta a cualquier forma de entrenamiento convencional.

 

Tres jóvenes presentaron un proyecto llamado R-Evolution School a varias ayudas municipales. Y finalmente, con una idea innovadora pero sin aval ninguno hablaron con varios bancos. Contra pronóstico, obtuvieron la financiación necesaria para remodelar y acondicionar un local en la calle Dénia. Y hoy, al entrar, te encuentras con piscinas de gomaespuma, muros artificiales, colchonetas y hasta un rocódromo en construcción.

 

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De los tres niños cuyos padres se acercaban en los parques para preguntar si podían unirse y crear una clase (hace menos de un lustro) se ha pasado a grupos a partir de dos años y algunos constituidos por personas mayores de 50. Todos tutelados por gente que, muy joven, vivió hace una década un boom de su estilo de vida que llegó a congregar semanalmente a más de 100 practicantes en el Gulliver. Pero que, en la todavía incipiencia de las redes sociales, no consiguió armarse como un colectivo sostenible en el tiempo.

 

Aquel 'Método natural' nacido en una expedición a Martinica es hoy la alternativa al juego en las calles que sí tuvimos algunos y que disfrutaron sin ambages nuestros padres y nuestros abuelos. E incluso el hecho de contar con un recinto cerrado le confiere una seguridad y una capacidad de mejora que en tiempos pretéritos era impensable.

 

Y mientras, niños con parálisis cerebral y con autismo pasan por sus instalaciones y sus progenitores y tutores aseguran verles hacer cosas que antes ni siquiera habían intentado. Es la magia de tener retos. Sea cual sea su forma y envergadura.

 

 

 

 

Fuente: elmundo.es

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