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Redacción
Jueves, 26 de octubre de 2017 | Leída 98 veces
EDUCACIÓN

Mamá, no me hables así..

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- Mamá, no me gusta que me hables así.

- ¿Cómo es así?

- Con ese tono de voz, de esa forma tan enfadada. Me haces sentir mal.

- Perdona, pero en poco tiempo te he avisado unas cuantas veces.

- Lo se mamá, pero así lo único que consigues es ponerme más nervioso.

- Tienes toda la razón, alzándote la voz no mejoraremos nada.

- Es normal mamá  la culpa es mía, debería  haber hecho lo que me pedías a la primera.

- Ya, pero eso no justifica mi forma de hablar.

- Mamá hagamos un pacto. Yo intentaré hacer bien las cosas que me pides y tu contarás hasta cien antes de estallar.

 

Una de las cosas de las que más me arrepiento en la educación de mis hijos es cuando les hablo de forma incorrecta , aquellos momentos en los que pierdo el control. Podría justificarme diciendo que hay momentos estresantes, de caos, donde las mamás multitareas realizamos ocho cosas a la vez. En ocasiones la vorágine del día a día me come y el ritmo de vida enloquecido es el causante que la tensión pueda conmigo. Momentos en los que acabo explotando y genero una horrible onda explosiva que tiñe mi discurso de despropósitos y frases absurdas. Situaciones en la que la bola de nieve se va haciendo cada vez más grande y acabas diciendo exactamente eso que, al instante, te arrepientes de haber verbalizado.

 

Me lleno la boca explicando a mis hijos que deben hablar con respeto a los demás, que deben ser tolerantes y educados, pero en ocasiones, soy yo la primera que alza la voz o utiliza un tono impropio con la intención de corregir una conducta errónea.

 

No digas palabrotas le pido a Pol, cuando de vez en cuando se me escapa alguna de esas que deberían llevarte a la casilla de la cárcel y estar dos partidas sin jugar. En ocasiones mi mala gestión del tiempo, el no saber priorizar o no ser capaz de renunciar a algunas cosas, me llevan a intoxicar la comunicación con mis pequeños con frases autoritarias o sentencias esperpénticas, suerte que papá en muchas ocasiones media en medio del huracán. Es el momento en el que aparecen castigos que no acabas por no cumplir.

 

El grito es utilizado cuando no uso las herramientas adecuadas para reconducir una situación,  no he hecho una buena gestión del conflicto o no he sabido leer entre lineas lo que estaba sucediendo. Con él sólo consigo bloquearles, llenar la casa de reproches o frustración.

 

Creo firmamente en que la comunicación es uno de los instrumentos más valiosos en los que debemos basar la educación y la relación con nuestros hijos. Cada vez soy más consciente de la necesidad de controlar al máximo esos episodios de desgobierno que siempre me han demostrado que nunca llevan a buen puerto.

 

Estoy aprendiendo a serenarme antes de hablar, a tomar distancia cuando lo necesito, a hablar con voz sosegada, a pedir la opinión antes de juzgar, a elegir el momento adecuado para conversar. Las prisas nunca son buenas por eso intentamos buscar el mejor momento para negociar, para que me expresen lo que necesitan, para encontrar la mejor solución.

 

Trabajo para expresar con serenidad, para alimentar cada día nuestra complicidad y confianza. Será básica la discreción, la sinceridad y la claridad. Mirar a través de sus ojos y no desde mi posición. Reflexionar sobre las consecuencias de nuestra conducta o decisión, aprender a dibujar la mejor hoja de ruta.

 

Tener disposición a escuchar activamente para entender cómo viven un problema o situación, a intuir lo que les preocupa, a considerar lo que nos tienen que decir, a preguntar qué les ha llevado a actuar de una determinada manera, a explicarles que es lo que se espera de ellos y comprender que muchos de sus actos son fruto del propio proceso de aprendizaje. El afecto, la confianza, la acogida y el buen humor serán piezas claves para conseguirlo.

 

Entrenarles a dialogar, a pensar antes de actuar, a pedir perdón o perdonar. Enseñarles a comunicarse sin hablar con gestos,  miradas, caricias y abrazos . Eduquémosles a expresar la fragilidad, la rabia, la frustración,  la necesidad de los otros, lo que les corre por la piel. A leer el silencio que a menudo viene cargado de emoción.

 

"Hijo recuerda siempre que para comunicarse sólo hace falta tener ganas de entenderse".

 

 

 

 

Fuente: Sonia Lopez Iglesias (sonialopeziglesias.blogspot.com.es)

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