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Redacción
Viernes, 20 de octubre de 2017 | Leída 71 veces
EDUCACIÓN

Siempre me gustó jugar al fútbol pero mi papá no me dejó hacerlo hasta que cumplí 21 años.

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Muchas familias se oponen a que sus hijos practiquen actividades que no son las clásicas para su género. Sin embargo, apartarlos provoca frustración y no ayuda a eliminar los prejuicios.

En nuestra vieja casa de Avellaneda, el fútbol se respiraba en todos los rincones. Éramos y seguimos siendo de Racing. Los más chicos soñábamos con entrar un día a un estadio de verdad, lucir la camiseta y jugar como Messi o Maradona, nuestros ídolos eternos. Robertino, mi hermano mayor, concretó por fin el sueño y llegó a jugar en siete clubes. Él vive desde hace diez años en Indonesia formando parte de un equipo profesional y ahora firmó un nuevo contrato con la India.

 

Puedo decir que pasé casi toda mi infancia viviendo dentro de distintos clubes. Íbamos con mamá y papá a ver jugar a Robertino. Ya entonces me gustaba patear la pelota y correr al mejor estilo de los cracks por la cancha. Papá me enseñaba a hacerlo y también a efectuar los pases y a tirar buenos centros. Pero no hay que engañarse. Me dejaba entrenar o hacer de reemplazo cuando se enfermaba alguien, pero nunca de manera federada o profesional.

 

Era como una doble vara: fútbol sí pero para entretenerse, no como vocación. Me permitía hacer deportes como handbol, tenis o natación con la excusa firme de que el fútbol no era cosa de mujeres. Al parecer yo debía jugar solamente con muñecas, como correspondía. Lo hice, pero en mi caso no fue lo único. Si bien no me quedó más remedio que aceptar el claro condicionamiento conservador, yo me sentía molesta por esa imposición. Preguntaba y cuestionaba la decisión familiar.

 

Robertino me había contado que en países como Brasil o los Estados Unidos las chicas podían entrenar solas, o en equipos mixtos hasta los diez años. Aquí, para muchos, eso era y aún es visto como una herejía o un acto culturalmente inconcebible.

 

Mundos íntimos. Siempre me gustó jugar al fútbol pero mi papá no me dejó hacerlo como federada hasta que cumplí 21 años


Tanto mi familia como mis amigos de siempre pensaban que si yo practicaba mi deporte más amado, me volvería lesbiana por contagio o imitación. Debo aclarar que lo del lesbianismo me lo dijeron, obviamente, mucho más tarde y no cuando tenía siete años. Pero bueno, ya quedaba esbozado. Luego, yo replicaba que lesbianas y homosexuales hay en todos lados y ¿cuál es el problema de estar con ellos? Los hay también, sin ir más lejos, en el hospital donde trabajo ahora como obstetra. Los que me rodeaban insistían y decían que en todo caso me convertiría en una de esas deportistas que se la pasan escupiendo, insultando o “cagándose” a golpes como los varones.

 

Más adelante llegué a jugar muchos amistosos con los chicos. Era divertido aunque riesgoso. Si ellos iban ganando no había ningún problema. Pero cuando la cosa era al revés nos empezaban a patear al arco muy fuerte desde cualquier lado, como desesperados. Las chicas terminábamos con las piernas todas marcadas y llenas de moretones. Más allá de eso debo decir que el juego mixto es divertido porque equipara más y mejor la fuerza y la velocidad de cada cual. Pero eso lo sabríamos mucho después.

 

Mi entrada al fútbol de verdad no fue nada fácil. Vivía rodeada por prejuicios y por esa idea tan extendida de que las mujeres deben quedarse en casa limpiando o criando a los hijos mientras los hombres son libres de hacer lo que quieran. Luché contra eso desde pequeña y –pienso ahora– quizás decidí jugar al fútbol como un desafío máximo dirigido a romper de una vez con esas estructuras tan consolidadas entre nosotros. En mi casa, mi mamá me ordenaba que hiciera la cama pero no tenía la misma actitud con los hombres de la casa. Yo le retrucaba casi con furia, ¿por qué debo hacerlas yo? Que las hagan ellos también.

 

Lo cierto es que me la pasaba metida en distintos clubes del barrio. Ni por casualidad me sacaban de esa especie de segundo hogar para mí. Yo jugaba, pero de manera casual y básicamente como un mero entretenimiento. Era como que a las nenas se las dejaba divertirse… hasta cierto punto. Fue así que terminé la secundaria, empecé el Profesorado de Educación Física en el Instituto de Formación Docente Nº 101. Me recibí en 2007, tenía 21 años, es decir, ya no era una niña. De pronto ocurrió una especie de milagro imprevisto.

 

Yo estaba jugando al fútbol con amigos en una playa de Gualeguaychú, Entre Ríos, y se me acercaron unas chicas que estaban sentadas mirando en la arena –después sabría que formaban parte del equipo de la UBA que estaba en primera A– y me ofrecieron jugar con ellas en ese ámbito. Mi papá, esta vez no se enojó… o se enojó menos. Como que se dio cuenta de una vez por todas que ya no habría marcha atrás en mi vocación futbolera.

 

Estuve entonces en varios lugares. En El Porvenir jugué el año pasado en primera B –los [Img #13089]hombres estaban en la C– luego ascendimos a la A y finalmente, por causas diversas, se desarmó ese grupo. Pasé a ser parte del torneo BA Cup en GEBA y luego me desempeñé bajo el anillo protector de la AFA.

 

Entrené tres veces por semana sin dejar de jugar al handball o hacer natación. En mi casa no cesaban de asomar los argumentos que ya mencioné: que el fútbol no era femenino, que las chicas usaban pelo corto, otra vez eso de que escupen en el pasto, que son malhabladas, que por alguna razón nadie le regala una pelota a una nena sino más bien una cocinita de juguete o una Barbie.

 

Hay incluso una ideología que se expone hasta en anuncios publicitarios. La mujer siempre en la casa, ocupándose nada más que de la limpieza, esperando al príncipe azul que la salvará de todos los peligros. Eso incluye también una filosofía del cuento de hadas que va en el mismo camino. Según esa tradición alguien del sexo masculino vendrá siempre a rescatarnos dado que una mujer sola no puede hacer nada por sí misma.

 

Cuando cumplí 22 no hubo vuelta atrás. Me metí de lleno en el equipo de la UBA. Hoy lo pienso y la verdad es que no sé cómo hacía: trabajaba, iba a la Facultad a estudiar la Licenciatura en Obstetricia –soy partera en la actualidad– y después iba a entrenar. Mi psicóloga me había dicho que no debía ceder en el deseo y eso es lo que hice contra viento y marea.

 

El primer problema con que nos topamos las jugadoras de fútbol es la falta casi absoluta de vestuarios para mujeres, con duchas individuales, en los clubes. Si los hay, ningún problema. Pero si no los hay, nos vemos obligadas a bañarnos con ropa interior en los vestuarios de hombres o en nuestras casas. Las fantasías morbosas de algunos hombres los llevan a preguntar si nosotras nos miramos el cuerpo cuando nos desnudamos para la duchaen el club. Pero nada que ver.

 

No voy a negar que muchas jugadoras de fútbol son lesbianas. Eso –creo yo– se debe en realidad a la mente abierta que tienen, a que no se cuestionan si jugar al fútbol es algo adecuado o no para mujeres. Se sienten más libres. Igualmente no hay “contagio” como piensan algunos varones limitados. Yo estoy enamorada de Arturo, mi novio con el que vivo actualmente y al que una vez le metí un golazo –él es arquero– que bien se tuvo que bancar. Eso fue en las canchitas de Marangoni en el Parque Las Heras cuando todavía no vivíamos juntos. Con él nos conocimos viajando a Mendoza para participar del Torneo Nacional Interuniversitario. Empezamos a salir en 2013 y desde entonces no nos separamos.

 

A muchas mujeres heteros les gusta patear la pelota pero por los prejuicios no se animan a entrar a una cancha. Eso debiera cambiar. Ya no son mundos estratificados.

 

Actualmente juego un montón de partidos y torneos con amigas. Lo hago sobre todo los sábados en Pilar donde suelo jugar en los torneos conocidos como North Champ. En estos días participo de cuatro campeonatos diferentes junto a mis amigas futbolistas de siempre. Paralelamente soy partera en un hospital de Avellaneda y ahí también, cuándo no, debo enfrentar a los que llamo médicos hegemónicos que se jactan de la cantidad de partos que “ellos” hicieron cuando en realidad la que hace el parto es la mujer con asistencia de profesionales hombres y mujeres.

 

Los preconceptos que aún persisten con el fútbol jugado por mujeres llegan a ser graciosos. Recuerdo que en 2015 un programa televisivo de España hizo un experimento donde una futbolista profesional se hizo pasar por hombre para jugar un partido masculino y registrar la reacción de los colegas. La joven de 21 años, ex integrante del Atlético de Madrid, hizo jugadas de lujo y marcó un gol.

 

Fue entonces cuando se quitó el disfraz y el maquillaje y todos quedaron sorprendidos. Lo cierto es que la chica demostró que no hace falta tener nada especial entre las piernas para jugar con hombres e incluso ganarles en buena ley.

 

No voy a negar que a veces las mujeres que juegan fútbol se agarran a las piñas. No es mi estilo. Yo juego para divertirme y no para pelear. Si perdí un partido no me enojo y la paso bien igual. Pero nada es perfecto. Hace poco terminamos con mis amigas de jugar un partido y hubo patadas y empujones por doquier. Estábamos por salir del club y una compañera dijo: “Éstas nos van a esperar afuera”. Lo dijo en relación a las chicas del otro equipo. Fue increíble. Algunas empezaron a sacarse los aros y anillos con vistas al encontronazo. Por suerte al final no pasó nada. El técnico nos hizo salir a todas juntas. El momento fue de peligro porque éramos cinco contra veinticinco.

 

Por suerte ese ambiente demasiado masculino de las canchas está mejorando un poco. Pero todavía falta: hace unos días fui a ver a Racing. Jugaba contra San Martín, un equipo de San Juan. Subí las escaleras y en el camino sentí un olor a pis que no se aguantaba. Después pude saber de qué se trataba. Terminé de subir la escalera y me encontré con diez varones orinando contra la pared. Miré para otro lado y seguí mi camino. Y así será en el futuro.

 

Hoy pienso que todas nosotras hubiéramos sido mejores jugadoras si de chiquitas hubiéramos practicado y aprendido fútbol. Ya se sabe: lo que se aprende en la infancia no se borra nunca.

 

Mi papá, el mismo que al principio no me dejaba jugar federada, ha sido y sigue siendo mi gran maestro de fútbol. Me enseñó a tirar centros con precisión, me convirtió en lo que soy ahora en la cancha, es decir, volante izquierda. Juego al medio sobre la izquierda y ataco en ese carril. Puedo ir por la línea y tirar un centro o ir por el medio hacia el arco. En el caso de que sea necesario tengo que bajar a marcar.

 

Por suerte hoy la FIFA defiende con fuerza la participación femenina. Pero el problema sigue. Si una madre tiene una hija chica que tiene ganas de jugar al fútbol no puede anotarla en ningún lado. No hay torneos para nenas de diez años. Falta mucho tiempo para eso. Aunque después lo vuelvo a pensar y digo “a lo mejor me equivoco”: si somos más las que nos animamos a jugar fuera del jardín de casa, seguramente faltará bastante menos.

 

 

Mi nombre es Angeles Beatriz Pugliara. Nací en Capital Federal en 1986. Viví en Avellaneda casi siempre, en una familia futbolera hincha de Racing. Amante de los deportes, me recibí en el año 2007 de Profesora de Educación Física y me di cuenta de que me gustaba la práctica pero no la docencia. Cambié el rumbo: empecé la Licenciatura en Obstetricia, carrera que terminé en 2013 justo para iniciar la residencia. Hoy trabajo de partera en un hospital público de la provincia de Buenos Aires. Me parece mágico y perfecto el nacimiento, el mecanismo de parto y la formación de una vida adentro de otra. Hoy juego al fútbol amateur de volante por izquierda y me gusta, además, la restauración de muebles y la tapicería. Disfruto, muy en especial, de los días de sol, si es en familia y con asado, mejor.

 

 

Fuente: clarin.com

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