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Redacción
Martes, 10 de enero de 2017 | Leída 88 veces
FORMACIÓN

Clubes patrocinadores y filiales, equipos principales y equipos dependientes

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Noticia clasificada en: Formación Fútbol Base

En el momento inicial de partida todo son ilusiones y ganas de crecer, todos sueñan con ser un grande y conquistar el corazón de miles de aficionados que coreen el nombre del club, pero una cosa son los sueños y otra muy distinta la realidad.

Queda claro que un club de fútbol cuando se crea no es sino con el ánimo expreso de jugar al fútbol y porque sus socios así lo desean, sin embargo el tiempo es el encargado de poner a cada uno en su sitio y definir si va a ser un club que va a durar mucho o poco tiempo, si va a alcanzar altas cotas o quedarse en categoría regional, si su dedicación será expresa para juveniles y categorías inferiores para formar jugadores o si por el contrario estará provisto de jugadores seniors con el único ánimo y plausible deseo de defender el nombre de la localidad que representan, etcétera.

 

Desde comienzos del s. XX el desarrollo de los clubs siempre ha estado marcado por una etiqueta: como principal de la ciudad, segundo en importancia, único de la localidad, club de barrio, de Primera, de Segunda, de Tercera, de Regional, ascensor, de cantera, de fútbol base y muchos apellidos más que se le puedan atribuir aun no naciendo con esa finalidad, pues en todos ellos es la categoría que puedan alcanzar en su carrera la que marcará su importancia y su posición. Lógicamente siempre habrá altos y bajos deportivos, competencia con otras sociedades de la misma localidad, provincia o región, pero el papel a desempeñar casi siempre suele definirse al poco de nacer o en el propio nacimiento.

 

Ya desde tiempos remotos los clubs se posicionaron ocupando uno de estos papeles y en la primera década surgieron sociedades que hoy han sobrevivido convertidos en elitistas mientras otros, menos afortunados, han desaparecido o aguantado como clubs segundones de categoría nacional o regional. En esa época las sociedades contaban, las más afortunadas, con varios equipos entre los que había uno titular formado por los mejores jugadores, uno [Img #8340]reserva por aquellos menos talentosos y uno infantil (como se les denominaba a los juveniles) que componían la plantilla. La abundancia de encuentros disputados y la creación de competiciones de carácter regional o nacional, obligó a que los clubs denominados importantes tuviesen la necesidad de encontrar fuera de sus plantillas lo que en ellas no tenían para reforzarse y poder competir con mayores garantías frente a sus rivales.

 

En este obligado recurso se fijaron en otros clubs de su misma localidad, de las vecinas o incluso de fuera de su ámbito regional, incorporando a jugadores formados en provincias muy alejadas de donde eran naturales. Esta trashumancia de jugadores de un lado a otro tan común hoy en día, sin embargo no lo era tanto hace cincuenta años entre los modestos y cada club se nutría de jugadores de la propia localidad o como máximo de los pueblos limítrofes.

 

Los grandes y poderosos con bastos recursos económicos fueron creciendo a gran velocidad mientras los modestos, incapaces de aguantar el tirón, debían de conformarse con su situación a no ser que llegase algún directivo con la caja llena e invirtiera parte de su patrimonio, hecho que no solía casi nunca suceder y que cuando ocurría era pasajero o bien acababa arruinando la sociedad.

 

En los años veinte y treinta esta fórmula si cabe se complicó con la aparición del profesionalismo, pagándose jugosas cantidades por los traspasos y agudizándose las diferencias ya de por sí notables, entre profesionales y aficionados. Tal escalada especulativa fue frenada medianamente tras la Guerra Civil en un intento algo iluso y muy alejado de la realidad por parte de las nuevas autoridades quienes desde los altos mandos deseaban volver al estado inicial de finales del siglo anterior cuando se hacía deporte por deporte, una medida que fue un rotundo fracaso y que al poco tiempo de ser implantada acabó por desaparecer de la misma forma que había llegado, como una tempestad en medio del desierto.

Sin embargo, en esos tiempos de posguerra las circunstancias sí eran distintas, no en el aspecto deportivo, sino en el social, puesto que el hambre apremiaba en muchas familias, pocos eran los que jugaban a fútbol con las urgencias que había que cubrir y la escasez de jugadores talentosos para jugar en las categorías superiores era notable. Estas circunstancias en unión a un relevo generacional y la carestía de la vida, hicieron que muchos clubs de los denominados poderosos se planteasen recurrir a otros de menor talla futbolística para adquirir jóvenes con proyección a buen precio, estableciéndose convenios de vinculación entre distintos clubs que dieron como resultado a los denominados clubs filiales.

 

Los filiales en su inmensa mayoría no eran sociedades creadas con esta finalidad como cabe suponer, sino clubs que desde su fundación habían vivido unas vicisitudes como cualquier otra sociedad dedicada a este deporte. El motivo de su elección tampoco había sido dejada al azar y se basaba en razones deportivas de un lado y sobre todo económicas: deportivas porque se ponían los ojos sobre sociedades que se hallaban instaladas en categorías de un nivel ya elevado con plantillas repletas de jugadores jóvenes ya formados o en un estado formativo bastante avanzado; y económicas porque su precio no era tan elevado como el de figuras cuajadas, principal objetivo en tiempos de miseria. Las sociedades filiales con el paso del tiempo adquirieron otra función como era la de servir de banco de pruebas a jugadores que en edad juvenil prometían ser algo el día de mañana y como bálsamo para aquellos lesionados de la primera plantilla que encontraban allí el medio ideal para recuperarse, prestando incluso en ocasiones acomodo a veteranos jugadores que daban sus últimos alientos a una larga carrera.

 

Con estas premisas convivió el fútbol español durante varias décadas, aupándose algunos de estos filiales hasta la Segunda División, categoría máxima a la que podían aspirar según la reglamentación de la RFEF tras sufrir una modificación en la década de los años cincuenta debido a los casos de C.D. Mestalla (que renunció a participar en Primera División por decisión de la directiva y por no disponer de un campo de juego propio) y C.D. Condal (que se vió obligado a desvincularse del C.F. Barcelona como filial y cambiar de nombre para participar en la máxima categoría). Tal maridaje deportivo parecía no tener fin y muchos fueron los directivos que llegaron a ocupar puestos tanto en el club vinculante como en el vinculado, pero el futuro tenía una sorpresa destinada para tan ideal situación y a principios de los años noventa, cuando nadie se lo esperaba, la FIFA tomó cartas en el asunto y sancionó esta práctica tan arraigada en nuestro fútbol.

 

El detonante de tal denuncia fue el continuo trasiego de jugadores que había entre clubs vinculantes y vinculados sin transacción económica alguna, pasando además profesionales al filial y jugadores con ficha amateur a la primera plantilla, una práctica entre sociedades legalmente distintas no bien vista que el máximo organismo mundial no contemplaba como correcta y que bajo su óptica debía de ser corregida de inmediato. Alertada la RFEF del problema, esta actuó en consecuencia y en unión de una competición que estaba encaminada a transformar los clubs profesionales en sociedades anónimas deportivas, en el verano de 1991 dispuso que para la temporada 91/92 todos los clubs filiales afectados que lo deseasen tenían la opción de incorporarse a la estructura del club de más entidad o bien continuar su vida deportiva como independiente pero sin el carácter filial que mantenían, siendo la fecha límite para acogerse a este plan el 31 de diciembre de 1992.

 

Este punto de inflexión significaba el fin de la vida deportiva como club con personalidad jurídica propia e independiente de los filiales y, a pesar de que hubo excepciones que rehusaron adoptar tal medida, la mayoría actuaron en consecuencia y se subscribieron a tal disposición federativa, incorporándose sin vacilaciones ni duda alguna a la estructura de los clubs vinculantes conscientes de lo que ello suponía: pérdida de libertad e identidad, renuncia a la denominación clásica del club y adopción del nombre del vinculante. El paso dado significó [Img #8341]una revolución en el mundo del fútbol y los clubs afectados se convirtieron en equipos, es decir, al incorporarse en la estructura organizativa de otra sociedad pasaban a prescindir de junta directiva, poder de decisión y todos los derechos y obligaciones atribuibles a un club.

 

Además significaba la creación de nuevas figuras antes inexistentes cuales eran la de equipo principal en referencia a la primera plantilla o equipo A y la de equipo dependiente en referencia a la segunda plantilla o equipo B, relación esta última que incluso podía ser ampliada a un equipo C en el caso concreto de existir un tercer equipo y pudiendo ser este número ilimitado. La RFEF aún a pesar de que la medida significaba la pérdida de hecho de la historia propia de estos equipos como clubs, respetó al máximo la tradición de estos y mantuvo la plaza deportiva que ocupaban en el momento de la transformación a equipos dependientes, no siendo ésta ofrecida a terceros ni subastada ni luchada por otros clubs mediante promoción pese a la reivindicación de algunos que la reclamaban como derecho y que ilusionados veían una posibilidad de conseguir una categoría que deportivamente no les pertenecía. La negativa federativa en este sentido fue tajante y ninguno de los demandantes ocupó estas plazas causándose un gran malestar en algunos de sus asociados los cuales abiertamente mostraron su rechazo al considerarse perjudicados por una decisión que iba en contra de sus intereses y quienes como alternativa proponían sobre la mesa crear una competición aparte para estos equipos.

 

La conversión de clubs en equipos de la mayor parte de los hasta entonces filiales no eliminó la figura genérica y tradicional de estos, sino que suponía una opción a adoptar por aquellos que se sintieran más identificados y reconocidos por este derecho. En cuanto a los clubs que habían sido filiales y desestimaron recogerse a esta medida, pudieron continuar su vida deportiva como lo habían venido haciendo de forma libre e independiente, no volviendo algunos de ellos incluso a tener más relación con el club vinculante que pasaba a denominarse patrocinador mientras otros, años después, volvieron a vincularse como filiales pero con pleno conocimiento de que no podían ocupar plaza en la misma categoría que el equipo dependiente. Esta situación se arrastra hasta el día de hoy y varias son las voces que han propuesto la creación de una Liga exclusiva para filiales, incluso la LFP respalda esta decisión y estaría encantada con desarrollarla, pero la RFEF se mantiene al margen y no se ha decantado de momento a favor.

 

En la actualidad la RFEF cuenta con varios tipos de asociados, las asociaciones deportivas tradicionales y las sociedades anónimas deportivas, existiendo en ambos casos la posibilidad de contar estos clubs con varios equipos y de mantener convenios de filialidad con otros clubs. Si el club tiene varios equipos el de más alta categoría será el principal siendo el resto dependientes, mientras que si el club mantiene una relación de filialidad con otro u otros pasará a ser además club patrocinador y sus patrocinados filiales.


 

Fuente: lafutbolteca.com

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