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Redacción
Jueves, 26 de julio de 2018 | Leída 4172 veces

La presión de los padres

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Estamos en la semana mágica. Los benjamines vuelven de Turín con el trofeo en la mano y con las felicitaciones de todos los técnicos italianos. El domingo se enfrentan en la competición liguera con el Barça. Más no se puede pedir. Un sueño  hecho realidad a los 10 años. Y yo me hacia esta pregunta: ¿quién podía imaginarse que en la Fundación Marcet íbamos a vivir momentos como estos?

 

[Img #7127]Llego justo al partido que ha empezado hace escasos minutos y, antes de sentarme en el banquillo con los jugadores, puedo presenciar un gran gol de nuestro equipo. Estamos jugando un gran partido y el Barça, con esas grandes instalaciones, con ese gran poder mediático, se vuelve pequeño. Juegan muy bien al fútbol pero el entrenador del Barça no sabe qué hacer ante el dispositivo táctico de nuestro equipo que le ha sorprendido con un planteamiento valiente, presionando arriba y cerrando el camino de sus laterales.

 

Nuestro coordinador está también en el banquillo. Es un día soleado, el césped está impecable y la instalación impresiona. Las cámaras de televisión están grabando el evento y me comenta lo mismo: este es un día histórico para la Fundación Marcet.

 

Me gusta sentarme en el banquillo, junto a los jugadores y técnicos porque vives el partido de una forma distinta. El ambiente, los comentarios, las caras de la gente. Todo está en primer plano. Ese día pude oír el comentario de dos jugadores que están en ese momento en el banquillo. Uno le comenta al otro lo nervioso que está.

 

Termina el segundo tiempo y salen a jugar los chicos que están en el banquillo. Uno de los mejores jugadores del equipo empieza la segunda parte muy nervioso. No es capaz de acertar dos pases seguidos, todo le sale mal y el Barça, aprovecha la situación para sentenciar el partido en esta segunda parte. Nuestro entrenador intenta reaccionar cambiando las posiciones de los jugadores pero no funciona. El partido se nos va.

 

Pensaba en los jugadores. A los 10 años, un niño es capaz de lo mejor y lo peor. Y hemos de [Img #7129]ser conscientes de que los padres somos siempre un arma de doble filo. Vivimos los partidos con una intensidad, a veces mayor que los propios jugadores. Durante toda la semana hemos estado haciendo comentarios directos e indirectos sobre el partido que lo único que hacen es ponerlos más tensos, más nerviosos. Sin darnos cuenta estamos colaborando para que hagan un mal partido.

 

Seamos sinceros con nosotros mismos y aceptemos que es verdad lo que está pasando con nuestro hijo. Le presionamos porque queremos que lo haga muy bien y pensamos que lo que le decimos le va a ayudar a salir enchufado al partido. No nos damos cuenta de que el entrenador ha estado realizando un trabajo psicológico muy importante con ellos, ha evitado hablar del partido, le ha dado la importancia mínima que se merece, ha pedido que se olviden del partido hasta el mismo momento de inicio, porque sabe que es un arma peligrosa que debe evitar para que sus jugadores jueguen sin ninguna presión. Y llegamos nosotros, con toda la buena fe del mundo, destrozando toda la labor del entrenador.

 

Si realmente queremos que nuestro hijo juegue muy bien al fútbol, hemos de corregir cuanto antes este defecto que tenemos como padres. Simplemente os aconsejo que lo probéis y os daréis cuenta de cómo el niño, en poco tiempo, progresa más y juega mejor. Son muchos los ejemplos concretos que durante estos últimos años he podido valorar. Cuando el padre deja de presionar, el niño crece y crece hasta ser un auténtico desconocido. Ellos son capaces de hacer cosas impresionantes siempre que les dejemos en paz con su deporte favorito. Cuando nos metemos en su deporte, lo estropeamos.

 

Enrique es un portero infantil que, por circunstancias deportivas (lesión del portero de la categoría superior) ha tenido que jugar estos últimos partidos con el cadete A que se juega el ascenso partido a partido. Depende de ellos el poder hacerlo. La tensión es alta y la responsabilidad de Enrique es muy grande. Con el padre trazamos un plan para no hablar de fútbol en toda la semana ya que el partido del domingo era muy difícil. Si conseguíamos mantener la boca cerrada estábamos seguros de que su actuación iba a ser muy buena. El padre estuvo de acuerdo con el plan y el niño, aunque salió con los nervios típicos del partido, lo hizo francamente bien. Habíamos conseguido reducir la presión al mínimo posible y eso funcionó.

 

Uno de los entrenadores que no conocía nuestra estrategia, fue a saludar a Enrique antes del partido y no se le ocurrió otra cosa que decirle que el partido era muy complicado y se jugaban el ascenso a la categoría más alta. Casi le mato por el comentario y le expliqué que era justo lo que no había que hacer antes de un partido ya que aumenta la presión del portero y destrozaba el trabajo que habíamos realizado durante toda la semana con él.

 

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Como podéis comprobar, el rendimiento de un jugador está formado de un gran numero de detalles pequeños que siempre hay que tener en cuenta y valorarlos mucho: su alimentación, su descanso, su fuerte presión, la confianza que les manifestamos, la tranquilidad que les transmitimos, la actitud de los padres, de los entrenadores, del público en general, etc.

 

Lamentablemente, he podido comprobar que hay padres que se toman tan en serio los partidos de sus hijos que al final del partido o del entrenamiento se dedican a echarles unas broncas espectaculares. Cuando detectamos estas situaciones tan desagradables, actuamos inmediatamente porque esos niños no juegan con la libertad que necesitan. Juegan con miedo, con presión y terminan aborreciendo el fútbol y al final lo dejan estar y, normalmente pierden la amistad con sus padres a los que echarán siempre en cara que no le han dejado disfrutar de algo que él amaba.

 

A los chicos, en la Fundación Marcet, les enseñamos a jugar con presión. Es algo que hay que entrenar como cualquier otro aspecto del futbolista. Eso no quiere decir que le impongamos más presión de la que pueden soportar. Ellos deben ser capaces de jugar una final sin presión, de lanzar un penalti sin presión, de aguantar los gritos del público en contra o el intento de remontar un resultado adverso imprevisto. Esto se entrena. Ellos deben ser capaces de concentrarse y aislarse de todo lo que les rodea para dedicarse a jugar como ellos saben. Hay un entrenamiento para todo esto y se aprende mucho cuando te has enfrentado a eso muchas veces. Cada final es un aprendizaje, cada viaje internacional es un aprendizaje, cada situación de alta presión es un aprendizaje. Los chicos, a base de entrenamiento y de vivencias concretas, son capaces de superarlo todo si les ayudamos a conseguirlo.

 

Una vez, en la radio, preguntaron a una gran figura del Real Madrid, Pirri, cómo se debe sentir una persona en los pasillos, antes de una gran final de la Copa de Europa y respondió con gran sinceridad que él se sentía muy nervioso, como todos sus compañeros pero que, una vez el árbitro indicaba el inicio del partido, se olvidaba de todo y se preocupaba de jugar. No oía nada, ni sentía presión de nada.

 

Un niño no es un adulto en miniatura. Es muy sensible y debemos ayudarle a superar la tensión de los partidos para que poco a poco sea capaz de asumirlo todo. Notaremos un cambio muy grande cuando seamos capaces de disfrutar viéndole jugar sin más presión que la que ofrece el propio deporte.

 

 

www.javiermarcet.com

 

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